Jenni Guevara y una visión que se hace con otras mujeres
Con todos sus sueños cumplidos, Jenni Guevara apuntó más alto: liderar una visión que mueve a miles de mujeres, convirtiéndose en el legado de generaciones.
Es 2024, y una mujer embarazada vuelve de Egipto pensando que, si el avión se cae, se muere feliz.
Ese año alcanzó 100 000 dólares en ventas en un solo mes. Reunió a brujas de 22 países en una conferencia que tuvo más de mil quinientas inscriptas. Dijo en voz alta que iba a escribir un libro y, 24 horas después, una editora le estaba ofreciendo un contrato. En Barcelona la detienen en la calle para pedirle una foto. Viene de caminar por Nueva York junto a su mentora. Y lleva en el vientre a una hija con la que, nos cuenta, venía conversando desde hacía tres años.
«Si se cae el avión ahora, yo me muero feliz. Cumplí todos mis sueños».
Lo recuerda sin dramatismo, como quien revisa una cuenta y comprueba que está saldada. Y agrega:
«Pasé al portal del embarazo desde un lugar de “no tengo cuentas pendientes”».
Jenni Guevara recuerda ese vuelo como la cima. No sabía que también era una despedida.
Una flecha, en el punto más alto de su vuelo, parece quieta. Es el instante preciso en que deja de subir pero aún no empieza a bajar. Desde ahí arriba, todo lo que costó llegar se ve pequeño, lejano, resuelto. Después la flecha baja. Pero, aunque baje, nunca deja de avanzar hacia el blanco.
Lo que vino después de ese avión la obligaría a desarmar casi todo lo que la había llevado hasta ahí.
En la portada de esta edición, Jenni sostiene una flecha frente al mar. Suele decir que para lanzar una flecha hace falta tensión en la cuerda, y que esa tensión, antes de soltar, solo se consigue retrocediendo. Así ha avanzado siempre: llega a una altura, todo lo anterior pierde sentido, retrocede, espera y desde ahí sale disparada hacia lo siguiente, sin perder nunca de vista el blanco.
Esta es la historia de una mujer que lidera una gran visión, incluso cuando a su alrededor todo se transforma en neblina.
I. Una señora en Siena
Dos años antes, en 2022, Jenni tiene un doctorado, 25 artículos publicados y un cargo especial en una universidad de Irlanda. Tiene también un plan. Un programa para académicas extranjeras la ha seleccionado en tres universidades de Cataluña, y solo le falta presentarse al último examen para consolidar su camino académico.
Está de viaje por Italia con su marido, Andrés, cuando siente un impulso muy grande que no sabe explicar. Quiere que alguien le tire el tarot. Elige a una mujer al azar.
«Una señora muy sabia, muy viejita, que hacía mil años que tiraba el tarot. Me dijo que si no hacía el cambio ahora, lo que se venía para mí era un camino complicado, lleno de piedras. Que el universo ya no me podía seguir esperando. Que había mucha gente esperándome».
No es la primera vez que lo escucha. Meses antes, en Irlanda, su maestra de reiki le dijo que iba a mudarse a Barcelona y que allá la necesitaban. Esa vez, Jenni sintió dos voces. Una se sintió honrada. La otra, más fuerte, hizo el inventario mental de todo lo que iba a perder.
«La academia es un lugar seguro. ¿Cómo se le dice a alguien: “Voy a dejar la carrera académica para dedicarme a ser bruja”?»
En Siena, la voz fuerte ya no lo es tanto. Y llega una señal más, quizás la última. A Andrés le ofrecen en España un sueldo que es exactamente la suma de lo que ganan los dos en Irlanda.
«Era como si el universo dijera: “Ya no sabemos qué hacer para que esta chica despierte”».
Vuelven al hotel, un castillo antiguo que, según ella, está lleno de espíritus. Antes de escribir, le pregunta a Andrés qué pasa si deja de ganar dinero un tiempo. Cuánto tiempo. Qué hacen. Él le propone un turno: que salte ella primero y que, cuando esté establecida, salte él.
«Hoy por ti, mañana por mí».
Esa noche, en un castillo lleno de retratos antiguos que parecen mirarla todo el tiempo, entre ruidos que no sabe de dónde vienen y conectada como nunca con su mediumnidad, Jenni escribe al programa de Barcelona para retirarse del concurso.
«Ese es el momento de salto al vacío absoluto».
Cuando lo cuenta, agrega siempre lo mismo:
«Tengo muchas clientas que eligen hacer esto, saltar con el diez por ciento de la seguridad que yo tenía».
La señora de Siena le había dicho que había mucha gente esperándola. Jenni todavía no sabía cuánta.
II. Trescientas ocho
La gente que la esperaba llegó de golpe.
Al principio, en Barcelona, Jenni acompañó con plantas casi en secreto: primero gratis, después por muy poco. En 2022 organizó sus primeras ruedas herbales y su primer programa grupal, Alquimia Herbal. Daba sesiones de todo lo que había estudiado en dos años vertiginosos: carta natal, reiki Sekhem y registros akáshicos. Le salía todo con una facilidad que la desconcertaba.
«No se pareció en nada a hacer un doctorado, que era muy difícil, muy frustrante. El primer día ya me puse a canalizar».
Vivía, lo admite, en otra órbita.
«Las plantas eran lo único que me mantenía en la tierra. Encima era vegetariana. Estaba en la estratósfera. Hasta que no volví a comer carne, no bajé del globo».
Cuando decidió vivir de eso, se lo tomó en serio, como se toma todo. Buscó mentores de negocios, hombres, y con ellos aprendió a vender. Lanzó un círculo de brujas de 33 días.
Se anotaron trescientas ocho mujeres.
«Si mirás mi flyer de esa época, decís: “¿Cómo vendió esta chica?”, porque era cero estético y no tenía un mensaje de ventas. Solo decía “33 días para despertar tu bruja interior”. Claramente había algo que tenía que pasar».
Trescientas ocho mujeres que iban a tomar plantas al mismo tiempo, guiadas por una sola mujer. La académica que había en ella hizo las cuentas: no podía garantizar con seguridad un litro diario de infusión para cada una, que es la dosis habitual en un protocolo así. Diseñó lo máximo que podía sostener: una taza al día. Una cantidad tan corriente, la del té que cualquiera se toma después de cenar, que ella no esperaba de esa dosis efectos físicos notorios: la concentración de principios activos era baja.
«Dije: “Es una taza al día, ¿qué le va a hacer a la gente?”»
Lo que sí sabía es que la conexión con la planta iba a estar, y le puso todo lo demás. Intención. Recursos. Prácticas para que cada mujer construyera una relación con su planta. Al sexto día, cuenta, había mujeres que se curaban de cosas, otras que hablaban con las plantas, otras que se declaraban brujas en sus redes.
«Las plantas me dijeron: “Mirá de quién te burlaste. Creías que esto era una cuestión de dosis. Esto es un tema energético”».
Pero fue, al mismo tiempo, un caos. Las mujeres no lograban entrar a la plataforma. Los correos se acumulaban. No había equipo.
Trescientas ocho mujeres tomaban cada mañana una taza de su planta. Del otro lado de la pantalla, solo estaba Jenni para responder los mensajes.
III. Tres vidas
Es 2021. Plena pandemia: Jenni trabaja desde su casa en Dublín y vive tres vidas que siente que no se tocan.
En la primera da clases, investiga y publica. En la segunda estudia brujería y empieza a acompañar personas con plantas. En la tercera, que casi nadie conoce, dirige en línea una escuela de danza árabe.
«Terrible. Era la desconexión total».
En la universidad puede hablar de fitoterapia, porque en Irlanda las plantas son aceptadas. De lo otro, no. Quizás por eso, cuando las clases vuelven a ser presenciales, la separación se vuelve un peso.
Hace tiempo, además, que la academia le queda chica.
«Yo entré a la academia para cambiar el mundo. Y en un momento me di cuenta de que estábamos escribiendo papers que no leía ni el loro… Empiezo a sentir mucho esa tensión. Aquí no hay síntesis. Soy tres personas».
En esos meses contrata a una agencia para armar una pequeña marca de pomadas herbales. La agencia le ofrece construirle el negocio, con el diseño visual incluido, y ella espera que la acompañen en eso. Ellas se ocupan solo de la parte visual. El logo lleva unas manos dibujadas. El nombre es Academic Witch.
Para cuando el diseño está listo, Jenni ya entendió que lo suyo no es vender productos. Lo que mejor le sale con las plantas es otra cosa: acompañar a las personas a descubrir su propia relación con ellas. Cuando les cuenta que se va a dedicar a los servicios, las diseñadoras le echan la bronca. Le dicen que se equivocó y que un negocio pensado así no va a funcionar. Jenni recuerda que nunca llegaron a entender el negocio. Años después, una de ellas sería su clienta.
Las manos del logo nunca llegan a usarse. Pero se queda con el nombre.
La bruja académica. Dos palabras que unían lo que ella aún no podía integrar en su propia vida.
IV. Dos mil siete
En Barcelona las juntó. Y eso tuvo un precio.
Al terminar el primer círculo hizo lo que le habían enseñado: vender lo siguiente. Ofreció una membresía que todavía no existía, el Club de Brujas, sin plataforma, sin programa, solo con la visión.
«Marquen mis palabras: esto va a ser una membresía de referencia para brujas de habla hispana».
Se anotaron unas veinte socias fundadoras. Muchas siguen ahí. Y la frase se cumplió: con los años, el Club fue una referencia, tanto que se lo quisieron comprar y copiar.
En septiembre de ese primer año de negocio repitió el círculo, ahora de nueve días y a 22 euros. Se anotaron dos mil siete personas.
El caos creció con los números. Para entonces Jenni ya tenía una asistente, pero muchas de sus clientas no sabían usar internet y los accesos a la plataforma fallaban. Los descontentos venían de ahí, nunca de lo que recibían.
Por otro lado, desde las redes y los anuncios, llegó una palabra que no esperaba leer sobre sí misma: estafadora. Unas se la decían por cobrar por la brujería, como si lo espiritual no pudiera cobrarse. Otras, por una promesa de sus anuncios: «Nueve días para despertar tu mujer medicina». Una mujer armó una campaña entera contra la campaña de Jenni. Decía que era evidente que no era una mujer medicina, por su edad y porque nunca se había internado a tomar plantas en la selva peruana. Discutieron. Cuando la mujer se volvió más agresiva, Jenni la bloqueó.
«Empezó a aparecer todo lo que trae la visibilidad y la masividad».
El Club creció hasta unas 300 socias. El primer año, Academic Witch facturó 100 000 euros, más de lo que Jenni había soñado ganar como académica. Ganaba bien. Contrató a las mejores mentoras que encontró, armó un estudio en su casa para un programa de YouTube, viajó muchísimo. Y reinvirtió en el negocio casi todo lo que entraba, porque los márgenes eran bajos: la publicidad se comía buena parte de las ventas, y vender barato a tanta gente exige mucha estructura para atenderla.
El negocio crecía. Lo que le iba a pedir al cuerpo llegaría después.
No sería la primera vez que el cuerpo llegaba antes que ella a una conclusión.
V. Una hoja
Pero retrocedamos a julio de 2020, en el oeste de Irlanda. Jenni y Andrés salen de un año que ella describe con una palabra repetida: difícil, muy, muy difícil. La pandemia acaba de aflojar por unas semanas y se han ido de vacaciones.
Ahí, en ese viaje, Jenni mira una hoja.
«Fue la primera vez que miré una hoja de una planta y me quedé atrapada en su magia. Una experiencia muy inexplicable, esa conexión».
De niña, en la casa quinta de una tía de su madre, le cantaba canciones a las plantas. Recuerda ese lugar lleno de árboles frutales. Todavía conserva una canción que escribió para una maceta del balcón de su madre. En su casa no tenía la quinta, pero la conexión estaba.
En el mismo viaje del 2020, el cuerpo se le desborda. Hace siete años que tiene candidiasis crónica. Ahora los hongos le cubren los pies, se extienden por la piel. A la vuelta se lo cuenta a su terapeuta, que le da una instrucción que Jenni va a cumplir al pie de la letra.
«Me dijo: “Si te vas a obsesionar, obsesionate para el bien. Hacé un registro de todo lo que hace que los hongos lleguen, se vayan, se muevan. Y probá todo lo que puedas probar”».
Prueba todo. Llega a un círculo de plantas y a una infusión de milenrama. A las tres semanas tiene su primer mes sin síntomas en siete años.
«No entendía qué estaba pasando. Era una infusión».
A los tres meses estudia fitoterapia. A los seis acompaña a otras personas, y descubre que lo que les cambia la vida no es solo el alivio de los síntomas.
«Lo que de verdad les cambiaba la vida era darse cuenta de que podían tener una amistad con una planta».
De noche, mientras tanto, Jenni sufre parálisis del sueño: la mente despierta y el cuerpo no responde. Se permanece consciente pero inmóvil, y es común percibir presencias o voces. A ella le pasa seguido, y fuerte. Una noche la pasa entera así, sintiendo que algo la sujeta de la ropa, escuchando unas voces que le repiten que tiene que hablar con la autoridad máxima. Se despierta llorando y sigue llorando durante horas.
«Le dije a Andrés: “No me importa lo que tenga que hacer, no voy a volver a vivir esto nunca más”».
Después llegan las personas: una mujer que guía limpiezas espirituales, luego brujas, médiums, canalizadoras. Con ellas entiende que esas noches eran la negación de su propia sensibilidad. Cuando la acepta, la parálisis no vuelve.
Hay algo, sin embargo, que todavía no le cuenta a nadie. Cada vez que cierra los ojos antes de dormir, ve una suerte de demonios. Por eso duerme con la luz prendida y, más adelante, con Netflix o algo encendido en la computadora frente a los ojos. Lo hará hasta los 33 años.
VI. Veinticinco mil
En 2023, Jenni lo confiesa.
Para entonces el Club de Brujas tenía unas 300 socias y ella había descubierto que le apasionaba algo que no esperaba: hacer crecer un negocio. También había empezado a incomodarle la bruja que su propia comunidad celebraba, la de las plantas y los rituales luminosos. Estaba harta del modo «soy una bruja de la luz»: todas felices hablando de unicornios y seres de luz, y una hipocresía total a la hora de mirar la oscuridad, la de afuera y la de adentro. A esa bruja la describe así:
«Una versión un poquito naive de la bruja. Un conjunto de mujeres que no quiere hablar del terror a la oscuridad, de los espíritus, de nuestra propia sombra».
En un retiro con huachuma, una planta sagrada de los Andes, descubrió, dice, que era exorcista. No lo practica. Ordenando la historia de su familia descubrió que dos de las parejas de sus bisabuelos habían vivido en comunidades espiritistas del interior de Argentina, algo más común de lo que se cree entre los inmigrantes europeos de esa época, cuando el espiritismo se consideraba normal. Después la dictadura lo prohibió, y hubo que quemar todos los libros. Esa historia le fue llegando, dice, a medida que su propio proceso se destrababa.
Su abuelo materno, que contaba todo tipo de historias, había practicado exorcismos: de joven en una escuela espiritista, de grande en la iglesia evangélica. Una vez le contó que a uno le había salido un sapo de la boca. Es un tema que a Jenni la fascina y la aterroriza a la vez. Años después tuvo un amigo cura exorcista.
Y un día escribió en sus redes lo que había callado toda la vida.
«Fue impresionante lo que pasó cuando empecé a hablar de que dormía con la luz prendida hasta los 33. Tenía los DMs explotados: “Yo también, yo también. Estas escenas que me pasaron, ¿qué significa esto?”»
Una mujer confesaba un miedo de infancia y cientos de mujeres le respondían con el suyo. A todas les contó cómo había terminado el de ella. Una noche se animó a preguntarles a esos demonios para qué habían venido, y se desmoronaron. Se convirtieron, dice, en una especie de ositos cariñositos. Estaban ahí para que ella se hiciera cargo de todo su poder. El miedo, entendió, siempre había sido miedo a ver lo que veía.
Y les dijo lo que había aprendido en Irlanda, la madrugada de la autoridad máxima.
«En un punto no hay protección energética, no hay amuleto, no hay limpieza, no hay nada. Vas a tener que hacerte cargo de tu sensibilidad».
No hay luz sin oscuridad, empezó a decir. Una bruja integra todas las partes de sí misma, y no solo la más luminosa.
Lo llamó «el nuevo paradigma de la brujería». Dejar de colgar perejil en la puerta contra la envidia. Dejar de pedir que alguien venga a sacar una entidad de la casa. Todo eso, dice, es poner el poder afuera: que una planta u otra persona venga a resolver algo que sucede en tu propia casa. Preguntar, en cambio, otra cosa.
«¿Por qué estás conectando con esa entidad? ¿Qué dice eso de vos, y de lo que viniste a hacer al mundo?»
El curso que nació de esa pregunta, Bruja Energética, tuvo mucha llegada. Trajo también una ola de odio. Y trajo, sobre todo, trabajo. Sus mentores de entonces le proponían lanzamientos encadenados, y ella los cumplía con disciplina de doctorada.
«Veinticinco mil correos, veinticinco mil páginas de venta. Me acuerdo de ese Black Friday. Nos reíamos porque era la bruja haciendo Black Friday, y lo llamábamos Witch Friday. Pero la estrategia pedía tal cantidad de páginas, de copy, de correos, que yo, literal, reventé».
Reventó en un mes en que facturó 3000 dólares, después de meses de 7000 a 10 000. Trabajaba con sus mentores hombres y aplicaba sus técnicas al pie de la letra.
«Tuve un burnout brutal».
En medio de ese agotamiento, un diario quiso entrevistarla.
A Jenni la habían entrevistado muchas veces. Como investigadora, siempre había hablado desde un lugar firme: el de la doctora en Educación, con sus datos y sus papers. Esta vez la buscaban por la bruja. La entrevista giró rápido hacia preguntas acusatorias sobre salud pública, y la periodista, recuerda Jenni, se aferró a un tema: el agua de mar. Jenni siguió conversando, ya entendiendo lo que estaba pasando. La periodista le dijo que, si no quería que el artículo saliera con una lectura negativa, tenía que enviarle la evidencia científica de cada uno de los estudios que respaldaran lo que decía. Jenni entendió que, hiciera lo que hiciera, el artículo iba a salir igual. Le respondió que entendía que ella creía estar haciendo un servicio, que ella también, y que no tenían nada más de qué hablar. Antes de terminar, la periodista le dio su motivo: una bruja como ella la había estafado.
La doctora en Educación aparecía en el diario como bruja.
Tuvo miedo. Mucho.
«Yo decía: “Esto que estoy haciendo… no estoy protegida en ningún lugar”».
Llevó la nota a sus mentores de entonces. Le dijeron: «Buenísimo, prensa para vos». Jenni, mientras tanto, había caído en un pozo.
«En la propia oscuridad de la que hablaba. Pero no uno lleno de espíritus. De que casi cierro mi negocio».
La mujer que enseñaba a otras a no temerle a la oscuridad se encontró en medio de la suya. Y en la oscuridad, otra vez, iba a necesitar a otras mujeres.
La primera vez que lo supo estaba en el mar.
VII. El mar
Tensemos un poco más la cuerda de esta historia. Es 2017, en Manuel Antonio, Costa Rica. Jenni acaba de doctorarse y está ahí por un proyecto que investiga escuelas en Costa Rica, Perú y Argentina. Un mes de trabajo, un mes de vacaciones.
Está en el agua con una amiga. Y hay monos en la costa. Jenni recuerda decir:
«El trabajo intelectual no puede ser toda mi vida. Mirá este mar, estos monos, esta playa. Y dijimos: “Ahora, mirando este mar y este cielo, las dos nos prometemos que en unos años vamos a volver a mirar nuestra vida, y no va a ser solo trabajo”».
El mar es el lugar donde Jenni siempre perteneció. De niña pasaba los tres meses de verano en Santa Teresita, con sus abuelos y su prima, y lloraba cada vez que tenía que volver a Buenos Aires. «Ahí siempre tuve más amigos de los que tenía en la capital».
Dos mujeres en el agua, haciéndose una promesa. Jenni lo lee después con su carta astral: en esos años, dice, Neptuno empezaba a moverse por un punto decisivo de su mapa.
«Neptuno empezó a entrar por los intersticios, y a inundar todo, hasta que rebalsó».
Neptuno es el dios del mar.
Por dentro carga un fracaso que nadie ve. Ha trabajado en la mayor investigación sobre primera infancia de Argentina, y lo único concreto que quedó es un jardín de infantes que una alumna suya fundó para los hijos de los trabajadores del tren. La política pública no se movió ni un centímetro.
Dos años después, en 2019, emigra con Andrés a Irlanda. Otra vez en cero, sin las amigas de la secundaria, de la universidad, del doctorado. La red hay que construirla de nuevo, y a ella no le sale fácil. Andrés, que sí tiene don de gentes, la empuja.
«Me decía: “Escribile, invitala a tomar mate. Hacé este esfuerzo. Apostá por este vínculo”. Fue una construcción absolutamente intencional».
Tardarán años. Recién ahora, dice, sienten que tienen esa red de amistades. La primera amistad nació por ofrecer kéfir en un grupo de Facebook. Fue su primera pareja de amigos en Irlanda. Seis años después, esos amigos acaban de comprarse una casa a tres minutos de la de Jenni y Andrés, en Olivella.
VIII. Cinco meses
La niebla duró de octubre de 2023 a febrero de 2024.
«¿Qué carajo estoy haciendo con mi vida?»
Esta vez buscó mujeres. Dejó a los mentores con los que había crecido, que la usaban como su gran caso de éxito y que le ofrecieron quedarse por mucho menos. Se fue igual. Encontró a una mentora que la llevó al trabajo somático y a otra manera de mirar los negocios, y después a otra que la acompañaría durante todo el embarazo y el posparto.
«Para mí fue fundamental».
Aquella niebla no fue la única. Camila Fran, que la entrevista, le nombra un patrón que se repite en toda su historia: cada vez que Jenni llega a una altura, sale al mundo, recibe lo que el mundo le devuelve, lo digiere y vuelve a salir. Le pregunta cómo vive hoy, por dentro, cada una de esas vueltas.
«Siempre es muy intenso. Ahora un poquitín menos, porque cuando está pasando ya me digo que es la iniciación del próximo nivel. Y lo miro como si lo investigara. Me pongo en modo investigadora de mí misma».
Aun así, el comienzo de cada nuevo nivel sigue siendo duro. En el lenguaje del diseño humano, Jenni tiene una ola emocional: las emociones le llegan en oleadas, y no conviene decidir en la cresta.
«Tengo muchas mujeres que me acompañan y me sostienen […] Lo que implica es que perdió sentido todo lo anterior. La síntesis llega mucho después. Antes es: “Todo lo que hiciste hasta ahora, otra vez, ya no tiene sentido”. Es un momento feo».
Le pedimos que describa esos días como los ve su marido.
«Me pongo extremadamente Mercurio en Escorpio. Hablo cinco veces del mismo tema desde ángulos diferentes. Le pregunto: “¿Qué ves vos acá como sentido profundo de esto? ¿Qué tengo que hacer para que esto pase más rápido?” Básicamente, quiero el bypass».
La investigadora quiere la conclusión antes de tener los datos. La bruja sabe que hay que esperar. Las dos conviven en la misma conversación, y Andrés escucha las cinco versiones.
«Son momentos de mucha niebla. No puedo ver a más de medio metro. Lo opuesto a la visionaria, en algún sentido».
De esa niebla salió la idea más grande que había tenido hasta entonces: una conferencia internacional de brujas. Para hacerla tendría que convencer a muchas mujeres de que algo que todavía no existía iba a existir.
Ya lo había hecho antes. La primera vez, con un cuaderno.
IX. Los tilos
Es su último año de colegio, en Buenos Aires. Una universidad privada llega a su escuela pública con una beca para una sola persona. Jenni va a conocer el campus de la Universidad de San Andrés, en Victoria, casi llegando al Tigre.
«Veo todo el verde, la biblioteca enorme, los pájaros que cantan. Yo me crié a diez cuadras del Obelisco, no vi verde hasta muy tarde en mi vida. Y de repente vi una universidad donde hay algo que se llaman los tilos, que tienen olor. Yo no sabía ni qué era eso. Y dije: “No, yo tengo que estudiar aquí”».
La beca cubre el 75 %, y su familia no puede pagar el resto. Jenni saca un cuaderno y les presenta a sus padres las cuentas.
«Les dije: “Voy a ir a esta universidad y me lo voy a tomar tan en serio que la voy a terminar en cuatro años. Si voy a la UBA, me voy a tomar siete”. Y les hice las cuentas de que les salía mucho más barato».
Le dicen que sí, con una condición: que consiga el 25 % restante. Lo consigue trabajando dentro de la propia universidad.
En su casa, lo que no servía para estudiar se desterraba. De niña quería ser modelo y caminaba por el departamento con un libro sobre la cabeza. «Era un deseo absolutamente incorrecto, que había que desterrar de raíz». El libro que llevaba sobre la cabeza ahora va abierto, en sus manos, en un tren.
Durante cuatro años viaja casi cuatro horas al día. Dos subtes y un tren. En la primera mitad del mes, cuando hay algo de dinero, un taxi compartido desde la estación. En la segunda, a pie. Sale a las siete de la mañana, vuelve a las ocho de la noche y ama cada minuto.
En la secundaria, sus dos mejores amigas se cambiaron de colegio de un día para otro y ella llegó sola al primer día de clases. Desde entonces carga lo que llama «su herida más grande», la de no pertenecer. En San Andrés, por primera vez, encuentra un grupo: gente «muy nerd como yo», con la que hace amistades que le duran.
Allí se vuelve atea, feminista y militante. Entiende cómo se segmenta una sociedad, cómo la desigualdad empieza en los niños más pequeños. Y aprende una pregunta que no va a soltar nunca.
«La acción social, sí. Pero ¿desde dónde? ¿Dónde estás vos? Pensar muy bien tu lugar».
Termina en cuatro años, como escribió en el cuaderno. Se va a vivir sola. A los 22 gana una beca doctoral. Hoy ve en esa carrera una curiosidad intelectual que no se le va a ir nunca, y algo más.
«Esa genia académica quería demostrar que lo logró. Que cumplió el mandato».
Cumplió el mandato. Más de diez años después, en un avión, diría que había cumplido todos sus sueños.
X. Mil seiscientas
La conferencia de brujas nació de una incomodidad. En 2024, Jenni miraba el mundo angloparlante y veía brujas que escribían libros juntas, que organizaban congresos, que se conocían entre ellas. En el mundo hispano, dice, ninguna sabía quién era la otra.
La organizó. Hubo diecisiete speakers, mujeres de 22 países y casi mil seiscientas inscriptas. La primera vez, dice, que las brujas se juntaban así.
Para cuando subió a ese escenario, Jenni ya estaba embarazada y algo de sí misma ya estaba en otra parte. Había llegado a una idea que para ella era obvia y para muchas de sus colegas no. En su industria se repetía que estaba llena de brujas disfrazadas de mentoras de negocios. Ella lo veía al revés: las brujas, por lo que representa el arquetipo, son las líderes naturales de una nueva manera de hacer negocios. Y la liberación final de la bruja pasa por el negocio: animarse a vivir de sus dones, decir su verdad en voz alta, cobrar por ello, no conformarse con lo establecido.
«Un negocio que acelera la evolución de tu alma. Que te expone a decir aquello que el mundo, en parte, no quiere escuchar. Que pone tus dones a la vista pública y te obliga a decir: “Aquí estoy yo”».
Las brujas cobraban por su trabajo, pero no hablaban de dinero. Tampoco de la oscuridad, ni de su propio talento.
Jenni había roto los tres silencios en público, con nombre y apellido. El del dinero, cuando empezó a decir que una bruja también se libera a través de un negocio. El de la oscuridad, cuando contó en sus redes que había dormido con la luz prendida hasta los 33 años, y los mensajes se llenaron de «yo también». Y el del propio talento, el que ninguna se animaba a romper. Ella lo rompe así:
«Estos son mis dones, esta soy yo. Y además los monetizo».
Con la maternidad rompería otro más. Su marca, dice, tiene mucho de eso: romper silencios.
El embarazo le trajo también un libro. Dijo en voz alta que iba a escribirlo y, a las 24 horas, una editora le ofreció un contrato. Todavía lo está terminando.
«Seguramente el universo esté diciendo: “Ya no sabemos más qué hacer para que Jenni termine el libro”».
Es casi la misma frase que usó en Siena. En la versión de Jenni, el universo tiene la paciencia corta y un humor parecido al suyo.
Ese fue el año en que todo le salió. El primer mes de seis cifras. La visibilidad. Las fotos en la calle. Y el ego.
«Mi ego se desproporcionó. El ego de Jenni no entraba en la casa. Eso, más la rueda del hámster».
Había aprendido a vender desde el hype: mucha energía, mucha urgencia, una marca siempre encendida. Funcionaba. Funcionaba tan bien que no tuvo tiempo de preguntarse si se podía sostener.
Viajó a Nueva York con su mentora. Viajó a Egipto. Y volvió en un avión pensando que, si se caía, se moría feliz.
Ahora sabemos lo que llevaba encima. Una puerta trabada con una silla que esta historia todavía no ha contado, un cuaderno de cuentas, cuatro horas diarias de tren, un mar en Costa Rica, una hoja en Irlanda, una noche sin dormir, una señora en Siena, una taza al día, dos mil mujeres, un burnout, cinco meses de niebla.
«Ese año no era consciente de que estaba construyendo desde el hype. Eso vino después. Lo trajo el posparto».
Había una regla que todavía no aplicaba. La había aprendido de adolescente, un domingo a las ocho de la mañana.
XI. El relleno
Es la adolescencia, en Buenos Aires. Todos los adolescentes se rebelan. Jenni lo hace al revés.
«Yo me rebelé haciéndome religiosa cuando mi familia no quería».
Su familia no es creyente. Ella pasa los fines de semana en la parroquia. Da, calcula, 200 clases de catequesis. Organiza campamentos, coordina grupos de jóvenes, escribe con otros un manual que circula por el movimiento nacional. Lo que busca es lo mismo que, años después, va a encontrar con su maestra de reiki.
«Que la catequesis fuera algo experiencial. Realmente tener una experiencia de Dios».
Y los domingos, a las ocho de la mañana, cocina empanadas para financiar alguna causa que ya no recuerda. Ahí aprende el repulgue, el borde trenzado que se hace con las manos. Y aprende algo más.
«El relleno necesita enfriarse en la heladera. Si no, la tapa se te rompe y no la podés cerrar».
Si el relleno está caliente, el vapor ablanda la masa y todo se rompe en el horno. Hay que esperar.
A los dieciocho se va a un retiro de silencio de ocho días. Coincide con el cumpleaños de su abuelo, y no lo llama porque en el retiro no se habla. Su familia la cree una fanática. Ella piensa en ser monja.
Hoy no se identifica con ninguna religión. Pero los domingos siguen siendo suyos. Son el único día de la semana en que se sienta en silencio a pensar y a escribir.
XII. La visión de Aria
Cuando Jenni Guevara habla de su hija, empieza mucho antes del embarazo: antes de la conferencia, antes de que existiera el nombre Visionaria. Esta es la historia de cómo una mujer que llevaba años poniéndole condiciones a su deseo dejó de hacerlo, y de lo que esa decisión le hizo a su liderazgo.
1. El hilo de plata
Es plena pandemia, en Dublín.
Jenni y Andrés están sentados en el sillón del living. Hablan de algo de lo que muchas parejas hablan alguna vez: si quieren ser padres. Es una conversación sin urgencia. Ella es investigadora en una universidad irlandesa y vive en un país donde todavía está construyendo, de a una, sus amistades.
En medio de esa conversación, pasa algo que Jenni recuerda con una exactitud que no tiene para casi nada más.
«Yo sentí el momento exacto en que el hilo de plata me conectó con un alma. Dije: “Wow, acabo de conectar con el alma de nuestro hijo”».
Dice hijo. Durante años va a pensar que es un varón. La energía que siente, explica, es muy masculina.
Es también el tiempo de la oscuridad. El de las parálisis del sueño, de las noches en que algo la sujeta de la ropa, de la luz prendida, de las voces que le piden hablar con la autoridad máxima. El tiempo en que sus dones, como ella dice, empiezan a despertar. Y en medio de todo eso, cuando todavía no sabe nombrar lo que ve, ya hay alguien esperando.
No lo cuenta como una revelación espectacular. Lo cuenta como quien registra un dato. La investigadora registra el lugar, el sillón, el momento exacto. La bruja sabe que ese dato va a tardar años en significar algo.
2. Una casa en Gràcia
En Barcelona, el primer piso está en Gràcia.
Un día, Andrés sale. Jenni se queda sola en la casa, y el alma vuelve. Esta vez trae un mensaje.
«Se apareció el alma de ese niño. Me dijo que iba a ser concebido en esa casa».
Ella no hace nada con esa información. La guarda. En esos años, en sus sesiones, le sucede algo que se repite con una frecuencia que la sorprende: muchas de las mujeres que llegan a verla han perdido un embarazo, y con ellas habla con las almas de esos bebés que no nacieron.
«Tenía mucha afinidad por canalizar las almas de bebés no nacidos».
Jenni acompaña a otras mujeres a despedirse de los hijos que no llegaron. Mientras tanto, el suyo espera en un piso de Gràcia. Ella todavía no lo llama.
Un día, años después, Jenni y Andrés ya han encontrado la casa nueva. La reservaron. Están por mudarse. Y es ahí, en las últimas semanas en el piso de Gràcia, cuando Jenni queda embarazada.
El alma había dicho «esa casa». Llegó justo antes de que la dejaran. Pero para eso, primero, Jenni tuvo que dejar de postergarla.
3. Condiciones
Entre el sillón de Dublín y el piso de Gràcia pasan varios años. Y en esos años Jenni hace lo que tantas mujeres hacen con un deseo que no tiene fecha: lo pone detrás de otro.
«Yo siempre venía postergando el ser madre a cuando mi negocio lograra equis: “Cuando mi negocio logre tanto, entonces voy a trabajar cuatro horas por día, voy a ser madre”».
La frase tiene la forma de un plan. Tiene una cifra, un horario, un orden. Es la frase de alguien que aprendió con un cuaderno, en su último año de colegio, que las cosas se consiguen haciendo las cuentas. Primero el negocio. Después la vida.
El tiempo sigue pasando. El negocio crece, pero la cifra se mueve con él.
En 2023 viaja a Perú. Y allá ve algo que no había visto.
«Me doy cuenta de que le estoy poniendo condiciones a mi deseo. Y es al revés. Primero tomo mi deseo de maternidad».
Es un pequeño giro de orden, pero se lleva por delante mucho más que un plan. Jenni lo amplía casi enseguida, como si la frase no le alcanzara para un solo tema.
«No voy a ponerle más condiciones a la maternidad. Ni a nada. Ni a trabajar con otras personas».
«Ni a nada». Ahí está, en una sola línea, la mujer que años después va a decir que liderar una gran visión no puede esperar a que todo esté bien. Antes de aplicarlo a una conferencia, lo aplicó a su propio cuerpo.
4. Cuatro horas
Lo que hace después es casi un experimento.
Durante años se había prometido una vida para cuando el negocio facturara cinco cifras al mes: menos horas, más cuerpo, más mar. Decide no esperar más.
«Todo lo que yo sentía que era lo que realmente iba a hacer cuando mi negocio facturara cinco cifras al mes, lo decidí hacer».
Empieza una depuración, con plantas, para preparar el cuerpo. Alquila un coworking al lado de la playa. Toma clases privadas de yoga. Y empieza a trabajar cuatro horas por día.
Hay algo en su manera de pensarlo que parece una cuenta de doctorada aplicada a la magia. No hacía falta tener todo resuelto antes. Si quedaba embarazada, razona, tendría nueve meses para acomodar la vida.
Queda embarazada la primera vez que lo intenta.
Al mes siguiente, tiene su primer mes de cinco cifras.
«Y después de ahí, mi negocio nunca bajó de cinco cifras. Múltiples cinco cifras, casi siempre».
En su punto más bajo, calcula, fueron unos 14 000 dólares.
Jenni lo cuenta sin convertirlo en fórmula ni en promesa para nadie, con el asombro de quien todavía no termina de entender el orden en que pasaron las cosas. Había postergado a su hija esperando un número. El número llegó después de la hija.
5. Nueve meses
El embarazo es, para ella, el momento más creativo de su vida.
Es el año de la conferencia de brujas, que ocurre en medio del embarazo. Casi mil seiscientas inscriptas, mujeres de 22 países, la primera vez que las brujas de habla hispana se juntan así. Es el año del libro que una editora le ofrece 24 horas después de que ella lo anuncia. Es el año del primer mes de seis cifras, y de meses de 30 000, 40 000, 50 000 dólares sostenidos durante mucho tiempo.
Jenni empieza a ver un patrón y le pone un nombre.
«Me empiezo a dar cuenta de que Aria es quien está guiando todo eso».
Cuando le pone nombre a lo que viene después, lo hace con la hija adentro. Visionaria. Vision-aria.
«Visionaria es la visión de Aria».
La coincidencia se volvió calendario. El año de la primera edición de Visionaria fue también el del primer cumpleaños de Aria. «Ella cumple un año y lleva su nombre», dice Jenni.
Todo el año tiene esa misma textura. En el viaje a Egipto, sin que nadie lo pida, les cambian los pasajes a primera clase. En el hotel, les dan una suite.
«Nos hicieron un upgrade a primera clase en el avión, gratis, porque sí. Llegamos al hotel, nos hicieron un upgrade a una suite porque sí. Era todo así».
Es el viaje del principio de esta historia. El avión del que vuelve pensando que, si se cae, se muere feliz. Ahora se sabe quién viajaba con ella.
Jenni lo mira hoy con otra distancia. Aquel año fue, dice, un gran cierre. Mamá cumplía todos sus sueños antes de que llegara su hija y, en su versión, era la hija quien se lo permitía. Pero ella misma le encuentra la trampa a ese brillo.
«Era esa energía súper expansiva que después necesitaba su contraparte. La del posparto».
La flecha estaba en el punto más alto. Todavía no empezaba a bajar.
6. La ola opuesta
Aria nació, y con ella llegó lo que Jenni llama «la ola opuesta».
La maternidad que le había cerrado un ciclo le abrió otro, más áspero. El posparto le pidió una madurez que, dice, todavía no tenía. A ella, a su marca, a su negocio. Hubo, además, en su casa, una situación personal compleja que no le corresponde contar sola, porque no es solo suya. Jenni no da detalles. Esta revista tampoco los pide.
«A mí no me interesa salir en la cámara llorando».
Lo que sí cuenta es lo que aprendió.
«Construir un negocio que vende solamente cuando construís hype te puede jugar una muy mala pasada cuando estás en un momento que no es nada hype en tu vida».
Una madre reciente, sin dormir, con la casa en tensión, no puede sostener una marca que exige estar encendida todo el tiempo. Jenni revisó el ritmo. Dejó de publicar contenido para desarmar objeciones de compra. Dejó de vender desde la urgencia. No fue de un día para otro.
«No es que nació Aria y a la semana ya soy otra mujer. Es pasando los meses».
Lo describe como una purga. Una tras otra, fue dejando de elegir cosas que antes hacía sin pensar.
«No me interesa que la gente entre porque sintió una energía. Quiero que entre porque quiere hacer algo profundo. Porque tiene un compromiso. Porque es un sí».
Se fueron muchas. Se quedaron muchas más. Hay mujeres que la acompañan desde hace tres y cuatro años.
En medio de esa ola, la mentora se encontró del otro lado: la que necesitaba ayuda era ella. Durante el embarazo y el posparto la acompañó una mentora privada, y Jenni descubrió que lo que buscaba en ella no tenía nada que ver con el marketing.
«Lo que yo necesitaba no eran estrategias para vender mi mastermind. Necesitaba poder atravesar lo que estaba atravesando».
Con el tiempo, cambió de mentora. La que la había acompañado no era madre, y Jenni sintió que había cosas de esa etapa que quizás no podía entender.
Con sus mentoras lo atravesó, y su negocio siguió en pie. Ahí entendió lo que un negocio puede hacer por quien lo creó cuando la vida se desordena.
«Que tu negocio te sostiene. Que sostiene tu propósito en momentos donde todo lo otro puede estar cayéndose a pedazos».
De ese tiempo le quedó la frase que repite durante toda la entrevista:
«Para que una mujer pueda seguir sosteniendo en medio del caos sin pasarse por arriba, necesita otras mujeres que la sostengan. Ahí está la red. Si no, no hay».
7. Los códigos de Aria
Del posparto, del lugar menos brillante de su historia, salió la que hoy considera una de las ofertas más transformadoras que creó en su vida. Salió de un audio.
Durante cada uno de los días de su cuarentena, mientras Aria dormía, Jenni grababa un mensaje y lo enviaba. Se llamó Códigos de Aria. Costaba 22 euros.
«Era un audio que yo mandaba cada uno de los días de mi cuarentena mientras Aria dormía. Se escuchaban los susurros del bebé recién nacido. Y era mi propio proceso».
Lejos de las veinticinco mil páginas de venta del Witch Friday, aquello era una madre que les habla a otras mujeres con su hija dormida al lado. Y todavía hoy recibe mensajes de mujeres que escucharon esos audios.
«Mujeres que me dicen: “Me animé a quedar embarazada. Cambié mi relación con la maternidad. Dejé de tener miedo”».
A Jenni le pasó algo que no esperaba. Cada vez que hablaba de maternidad, algo se movía en las mujeres con una profundidad que, dice, casi traspasa cualquier mentoría de negocios que ella pueda dar.
Ahí hizo lo que hace siempre que descubre algo: se lo tomó en serio.
«Cada vez que me hice más consciente de que ahí hay un rol de liderazgo para mí, y de que las mujeres me miran en eso, me lo tomé más en serio».
Contrató una coach de maternidad. Se revisa todo el tiempo. Busca, dice, modelar con un estándar más alto la manera en que la maternidad y el negocio conviven, porque en su vida conviven a cada hora. Y la mayoría de las mujeres que la contratan hoy, sean madres o quieran serlo, llegan por eso.
La semana de esta entrevista, dos clientas le contaron que estaban embarazadas. Las dos le dijeron que se habían animado por ella.
8. Sin plástico
Para entender por qué la maternidad le cambió la manera de pensar el mundo, hay que volver a Irlanda.
Hubo un año en que Jenni vivió completamente sin plástico. Ella todavía trabajaba a tiempo completo en la universidad. Para comprar soja sin envase, se subía a un colectivo con un táper y viajaba 45 minutos hasta el único lugar donde vendían los granos sueltos. Después, en casa, hacía su propio tofu.
«No había un solo tofu que viniera sin plástico. Muchísimo menos ecológico».
Ese año la dejó, dice, al borde del agotamiento. Trabajo a tiempo completo, una vida rediseñada para no usar plástico y una ansiedad ecológica que no la soltaba.
«Una mirada de la ecología que no tiene una proyección hacia adelante esperanzadora lo único que te puede dar es un burnout».
Hoy lo mira como el límite de una manera de hacer las cosas.
«La hazaña individual de Jenni viviendo un año sin plástico al borde del burnout ya no va a funcionar».
Con esa conciencia, decidir traer una hija al mundo no era una decisión liviana. Para Jenni implicó una vuelta radical, espiritual. La pregunta era evidente: si el mundo estaba como ella lo veía, ¿por qué traer a alguien más?
La respuesta que encontró es la que hoy ordena buena parte de lo que hace.
«Si no nacen las almas que van a vivir en esa nueva tierra, no hay vuelta posible. Pero no es que nazcan y que ellas cambien el mundo. No. Es nuestra responsabilidad adulta».
La adolescente que daba catequesis, la universitaria atea y militante, la investigadora de primera infancia que vio cómo sus informes no movían ninguna política: todas querían cambiar el mundo. Ninguna sabía del todo qué significaba eso en la vida de todos los días.
«La tangibilización de qué significaba cambiar el mundo para mí la trajo Aria. Y sobre todo, la esperanza y la posibilidad».
9. Más allá de mi hija
Hay una frase que Jenni eligió para un cartel gigante: «la evolución de una mujer es el legado de generaciones». Dice que esa frase está totalmente inspirada por Aria.
Sobre la palabra legado tiene una posición tomada. Nadie, dice, puede apropiarse de ella, porque habla de una mirada que trasciende lo individual y lo generacional. Y desde ahí discute con una idea muy instalada en su industria.
«Está todo bien que seamos la primera generación de mujeres en hacer dinero. Pero me parece que ya se nos quedó muy viejo, muy chico, el discurso de hacer dinero para que nuestras hijas sean millonarias».
Ella lo ve en los modelos de éxito que circulan: la líder que presume del sauna que se instaló en su casa y de los millones y las casas que va a heredar su hija. A Jenni ese imaginario le parece individualista, de alguien que se salva sola en un mundo que se hunde.
No dice que esté mal querer que una hija tenga un techo.
«No es que esté mal preocuparse por que mi hija tenga una casa, o un territorio donde pueda cultivar, o acceso a agua potable. Pero una cosa es que te preocupe eso. Otra cosa es que todo nuestro discurso y toda nuestra industria esté construida alrededor de ese imaginario que se olvida de lo colectivo».
Lo que la maternidad le cambió fue la dirección del esfuerzo.
«Ya no construyo millones para mi hija. Construyo un legado para generaciones por venir, que realmente les dé un mundo distinto en el que vivir a mi hija y a todas las hijas de este mundo».
Para Jenni, el legado va mucho más allá del dinero que una dona a causas. Se juega todos los días, en decisiones chicas.
«Es qué madre soy para mi hija. También es en qué supermercado compro, y también en qué causas invierto. Es esa coherencia».
Es si compra en el supermercado de siempre o se toma el trabajo de buscar al agricultor que regenera la tierra. Es si le da el dinero de la conferencia a un salón cualquiera o busca una casa que contribuya al mundo, y que además le deje margen para contratar a mujeres que emprenden respetando la tierra para hacer el catering. Es pedirle a su equipo que no decore el escenario con rosas, porque es uno de los cultivos menos sostenibles que hay, y que busque flores de estación. Es también cómo diseña lo que vende.
«Tu negocio es un cúmulo de microofertas, o realmente estás construyendo ofertas que vayan profundo y cambien vidas a largo plazo».
Detrás de esa coherencia hay una urgencia que Jenni no disimula.
«La narrativa de la riqueza intergeneracional me parece de un nivel de miopía. De verdad que estamos al borde del colapso del mundo».
Cuando le preguntan qué está investigando de verdad, responde como la investigadora que nunca dejó de ser.
«Estamos haciendo un laboratorio de cómo se va a ver cambiar el mundo cuando ya nadie nos viene a salvar».
Es, dice, un nivel de coherencia y de responsabilidad que no siempre se encarna. La parte generacional del legado casi todas la tienen clara. La parte colectiva, la que va más allá de la propia hija, cuesta más.
10. Lo que ancla, lo que tracciona
Un domingo de agosto, en plena entrevista, Jenni pide un segundo. Aria está en la habitación, dibujando, y ha empezado a tararear.
«Necesito que cantes más bajito, o que no cantes y vayas a jugar afuera. Gracias».
Tienen un acuerdo, explica. Si Aria quiere quedarse mientras su madre trabaja, tiene que estar en silencio total. Y ella quiere quedarse.
No es un detalle menor para Jenni. Se siente llamada a llevar a su hija a ciertos espacios, a que crezca cerca de las mujeres con las que trabaja. Le han dicho, cuenta, que Aria necesita estar en el campo de las líderes para alimentar su propio liderazgo. Ella misma le saca lo esotérico a la idea: más allá de esa parte, dice, tiene un montón de sentido.
Jenni creció en Buenos Aires con poca familia cerca, esperando todo el año los tres meses de verano en la costa con sus abuelos. Cree que Aria va a tener algo parecido: una niña que crece lejos de su familia grande, en un país que no es el de sus padres. Quizás por eso le importa tanto lo que la rodea.
Integrar la maternidad y el negocio, para ella, también es eso: que las hijas crezcan viendo de cerca a mujeres que están haciéndolo de otra manera, y que se están haciendo cargo del cambio.
Al final de esa misma entrevista, Camila le pregunta qué la mantiene en la tierra en medio de todo. Jenni no duda.
«La primera respuesta sería Aria. La maternidad me ancla mucho a la tierra. Mucho, mucho».
Desde la ventana ve los olivos de la casa nueva, los árboles frutales. En la pausa de la entrevista se metió en la piscina, estuvo con Aria, le dio la teta. Eso, dice, la mantiene en el presente. Lo otro tira en la dirección contraria.
«Después creo que la visión, el llamado, me tracciona hacia adelante».
Una cosa la sujeta al suelo. La otra la llama hacia lo que todavía no se ve. Es la misma tensión que la del arco: una mano firme atrás, la cuerda tirante y la flecha apuntando hacia adelante.
Mucho antes, otra mujer embarazada había llegado a una casa nueva en Buenos Aires.
XIII. La silla
Es el final de los años ochenta, y una pareja joven de Santa Teresita, un pueblo de la costa atlántica argentina, se muda a Buenos Aires. Ella está embarazada.
«No podían arreglar ni la cerradura de la puerta. Trababan la puerta con una silla. No tenían ni ollas. Se mudaron con un jarrito donde cocinaban arroz, y un colchón».
Un departamento a diez cuadras del Obelisco. Un colchón. Una puerta que no cierra, y una silla apoyada contra ella, sosteniendo sola lo que debería sostenerse solo.
Poco después nace Jenni.
XIV. Veinte
En 2026, faltaba una semana para la primera edición de Visionaria.
Su gato tuvo una infección y la vejiga se le llenó de sangre. Jenni lo llevó tres veces a urgencias.
Su equipo estaba desbordado, y ella terminó decidiendo en persona qué vasos se iban a usar en la ceremonia de cacao.
A Aria le estaban saliendo los dientes. Se despertaba cada dos horas. Su madre viajó para ayudar. En la casa había mucha tensión.
Le llegó una investigación de Hacienda: sus gestores, años atrás, habían mezclado sus papeles con los de otra persona, y ella enfrentaba una posible multa de 10 000 euros. Al final todo salió bien. Esa semana no lo sabía.
Y cuatro clientas cancelaron sus contratos de un día para otro.
«Ese nivel de caos. Todo eso estaba pasando al mismo tiempo».
Jenni lo leyó como una iniciación, y lo resumió en una frase que contiene toda la tesis de esta portada:
«Si vas a hacer esto sin pasarte por encima como mujer, vas a tener que sostenerte mucho».
Sostenerse mucho, en su versión, quiso decir dejarse sostener.
«Por cada cosa que alguien me ofrecía, yo tenía que decir que sí. Porque era consciente de que no estoy aquí para modelar eso de: “Hago todo y me quemo”».
Dijo que sí a todas. A cada mujer que se ofreció, por pequeña que fuera la ayuda. Sus mentoras. Su madre. Y veinte colaboradoras, además del equipo.
La puerta, esta vez, la sostuvieron veinte mujeres.
«Me estiré enormemente. Pero creo que logré modelar un “me dejo sostener”. Porque no puede ser que liderar una gran visión tenga que esperar a que todo esté bien. Si no, las únicas que pueden liderar son las multimillonarias que ya llegaron, que tienen la vida perfecta».
En esos mismos meses, Jenni acompañaba a una clienta que vivía en Israel. Durante la guerra, esa mujer trabajó desde un refugio antiaéreo, y ahí tuvo el mes de mayor facturación de su historia. Jenni aclara que no trabajó día y noche.
«Entendimos lo que requiere un negocio y una líder cuando afuera hay caos, para seguir adelante con la visión sin pasarse por arriba».
Para Jenni, ese refugio y su semana imposible son la misma lección en distintos tamaños, y una advertencia.
«Esto que estamos viviendo es la precuela de cómo va a ser el mundo. No nos va a quedar otra que aprender a liderar así».
Por eso le interesa poco el modelo que domina su industria.
«Un Lamborghini, la vida perfecta, el marido que trabaja para vos, cinco empleadas. Eso no le sirve de modelo a la mayor parte de las mujeres. No me interesa modelar eso».
Visionaria 2027 ya tiene tema, y salió de esa semana: «liderar en el caos».
«Sin pasarnos por arriba». La frase tiene un plural que es fácil pasar por alto. Habla de una mujer que no se atropella a sí misma, y también de mujeres que no se atropellan entre ellas. En la gramática de Jenni, cuidarse y cuidarse unas a otras son la misma acción.
XV. Muchas manos
Unos meses antes de esa semana, en Sitges, caminamos junto al mar con Jenni y con Aria, que está aprendiendo a andar y ya no tolera que la carguen. Buscamos una banana por todo el paseo, porque es lo único que quiere comer. En mitad de una respuesta, Jenni se detiene.
«Vamos a hacer una teta y seguimos andando».
La entrevista sigue con la niña en brazos, mamando, mientras su madre explica por qué eligió Barcelona. No hay pausa ni disculpa.
Jenni quiere que Visionaria sea un evento cuidado hasta el último detalle.
«Si vas a hacer una ceremonia de cacao con 80 personas en sala y 400 en línea, eso es toda una movida. Quién recibe a la gente. Quién cura la música. Los premios, que una ceramista hizo uno por uno, como obras de arte, cada uno con su sentido. Es muchísimo trabajo».
Le preguntamos qué sostiene ella en todo eso.
«Alguien tiene que ser la que lleva la antorcha. La visión surge de que hay algo que necesita ser expresado para un colectivo. Pero después, sostenerla es hacer que las cosas sucedan. Coordinar mil y un detalles».
Para ella, la visión no nace en una sola mujer. Viene del universo y pasa a través de nosotras. Es una cocreación.
Lo que no había previsto era lo que empezó a ocurrir alrededor.
«Algo muy hermoso que pasó con Visionaria es que fue totalmente sin buscarlo. Los movimientos de verdad son los que no andan diciendo: “Soy la fundadora del movimiento”. Visionaria simplemente empezó a pasar».
Mucho antes de que existiera una convocatoria, la gente empezó a escribirle.
«Me escribían: “Te quiero ayudar porque creo en la visión, decime qué puedo hacer”. Y yo: “Vos sos buenísima en esto, ¿me organizás la semana? Vos sos buenísima en esto otro, ¿me ayudás con la música? ¿Querés armar las estatuillas de los premios?”»
El día de la caminata, veinte colaboradoras trabajaban para Visionaria, más allá del equipo. Las dos maestras de ceremonias se habían ofrecido; una viajaba desde Argentina. La fotógrafa venía de otra ciudad.
«Yo no lo hubiera podido hacer sola. Se necesitan muchas manos para hacer algo así».
Ese modelo nació de una situación personal que le enseñó que no podía sola. Con el tiempo, Jenni entendió que era la manera en que Visionaria quería crecer.
Para la edición de 2027 ya no habla de voluntarias. Está creando categorías: partners, colaboradoras premium y afiliadas, para que cada mujer aporte desde su «zona de genio» y Visionaria también le aporte a ella. Con cada una se sienta a hacer la misma pregunta: qué le puede dar Visionaria a su marca, y qué le puede dar ella a Visionaria.
«Es cada persona en su genialidad aportándole a la red».
Con las speakers hizo lo mismo, y para describirlo usa el verbo inglés aim (apuntar), que es también el del arquero.
«Primero invitamos a las mujeres que sería un sueño ver en ese escenario. Cuando confirmaron dos o tres, sentí que ya teníamos conferencia. Aim, lo más arriba que yo podía imaginar».
Apuntó al punto más alto. Algunas dijeron que no. La sorprendió la cantidad que dijo que sí, sabiendo que no había dinero para pagarles.
«El espíritu de la oferta fue pidiendo una sensación de: “Somos red”. Más que: “Vengo a escuchar a tres o cuatro ponentes buenas”».
Le preguntamos por qué Barcelona. Dice que hace años siente que la ciudad le pide un servicio y que nota algo en las mujeres latinas de su mundo: todas, en algún momento, anuncian que van a estar en Barcelona tal fecha. Quiere que tengan dónde encontrarse.
Las brujas de habla inglesa se conocían entre ellas y las hispanas no sabían quién era la otra. Las latinas pasan por Barcelona y no tienen una mesa. Desde la parroquia hasta hoy, lo que Jenni construye tiene siempre la misma figura: una mesa para mujeres que todavía no se conocen.
Al final del paseo, Camila le dice que imagina su proceso como el de una escultora que talla desde adentro, sin ver cómo va a quedar por fuera. Jenni dice que esa imagen la venía persiguiendo desde hacía días.
«Esas esculturas donde llega el bloque completo y lo tallan, tallan, tallan, pero no se cae nada, hasta que al final se cae todo junto y se ve cómo quedó. Esa es la sensación».
Y agrega:
«Yo soy la que lleva la antorcha. Pero medio que la antorcha me va llevando a mí. Y vamos viendo adónde nos lleva».
XVI. Entregarse sin entregar el poder
Jenni nombra a sus mentoras todo el tiempo, y lo hace a propósito.
«El mentorazgo femenino me cambió la vida. Me permitió seguir con mi negocio durante todo el primer posparto de una manera que no hubiese sido posible sin el sostén de esas mujeres. Fue sostén emocional, energético, mucho más que cualquier otra cosa. Ese espejo. Ese tablero de resonancia de mujer a mujer».
Cuando le preguntamos qué significa entregarse a una mentora, responde con una fórmula que lleva años puliendo.
«Es un balance de entrega sin entregar el poder».
La entrega es al vínculo. Hay dinero de por medio, dice, pero no deja de ser un vínculo emocional entre mujeres, y ahí cabe una vulnerabilidad absoluta: contar lo que no salió, la frustración, lo que pasa en la pareja. El poder, en cambio, se queda en casa.
«Hay ciertas decisiones que no las toma una mentora. Las tenés que tomar vos».
Lo aprendió equivocándose. El primer diseño de la conferencia que seguiría a la de 2024, la que después se convertiría en Visionaria, lo armó con una especialista en eventos. Estaba centrado en ella misma y diseñado para convertir asistentes en clientas. Esa estrategia la dejó contraída y sin ganas de venderla. Desde entonces cambió la manera de pedir consejo.
«Ya no pregunto: “¿Cómo hago?” Digo: “Voy a hacer esto. ¿Qué me aconsejás, dado que voy a hacer esto?”»
La arquera elige el blanco. La mentora corrige la postura.
Con las alianzas aprendió algo parecido.
«Que sea amorosa no significa que sea estratégica. Puede haber mucho amor entre dos personas y ninguna complementariedad real».
La niña que llegó sola al primer día de clases todavía se sorprende cuando la eligen.
En Sitges, cuando la conversación llega a la colaboración, se detiene en una palabra: práctica.
«A veces nos llenamos la boca de colaborar, pero no tenemos mucho entrenamiento de cómo hacerlo. Para que eso funcione se necesitan espacios de práctica».
Para Visionaria sumaron a una persona que diseña ese entrenamiento y que lo llama fitness social. Es la misma disciplina con que Jenni trabaja, desde hace años, su herida de no pertenecer. Encontrarse, coinciden en la caminata, es la parte fácil. Lo difícil es desde dónde.
Tiene una lectura de por qué esto aparece ahora. Durante una década, dice, la nueva ola de negocios femeninos le devolvió a cada mujer su cuerpo, sus ciclos, su energía. Fue necesario.
«Pero es ella sola. Ahora estamos entrando en un tejido mucho más colectivo. El femenino en red. Visionaria es el colectivo».
XVII. Lo que se muestra
Jenni está por lanzar un concepto que llama Marca Visionaria. Lo explica a partir del idioma que domina su industria, la marca personal.
«La marca personal está montada sobre la persona. Se parece mucho a: “Salgo llorando en cámara, muestro el detrás de escena para generar confianza, para que me vean como alguien cercano”».
La Marca Visionaria se hace otra pregunta antes de publicar.
«Esto que muestro, ¿qué está modelando para mi comunidad? ¿Cómo está contribuyendo al mundo? No muestro nada que no tenga un sentido para las demás».
La misma lógica rige cómo vende su conferencia.
«Yo no curo el evento para convertir. No hago paneles infinitos de clientas, no pongo una mesa al final para que pases tu tarjeta. Quiero que cada persona sienta que hay un antes y un después de Visionaria».
Sabe que una conferencia donde hablan veinte mujeres convierte menos que una donde ella explica su método. Y sabe que tiene que ser sostenible también para ella: por eso busca un modelo de financiamiento que no dependa solo de las entradas.
«Hoy todas las gringas te hablan de impacto. Pero para mí no es lo mismo impacto que cambiar el mundo. Impacto tiene cualquiera que trabaja con personas. Cambiar el mundo es que tu negocio esté diseñado para seguir una visión que va mucho más allá del trabajo con cada clienta».
Es la misma mujer que entró a la universidad para cambiar el mundo y que dejó la academia porque escribía informes que no movían la aguja de ninguna política pública. La ambición sigue intacta. Cambió el vehículo.
La sostenibilidad, para ella, tiene capas.
«Cómo tu negocio te sostiene a vos. Cómo sostiene la evolución colectiva. Y cómo regenera y sostiene a la madre tierra».
Por eso una ceremonia de cacao abre un evento de negocios. Por eso el catering de la conferencia es de proximidad y lo que se usa es compostable, dentro de lo posible. Por eso una parte de las entradas se dona. Y por eso entre los Premios Visionaria hay uno para negocios sostenibles.
Fue el premio que menos postulaciones recibió.
«Pero a mí me interesa sostenerlo igual».
XVIII. Las hijas de nuestras hijas
Hacia el final de la caminata en Sitges, Camila le pregunta qué está activando Visionaria. Jenni empieza por admitir que no lo sabe del todo.
«Para mí es tan misterioso como para todas. La visión es como la intuición de fuego: te ilumina y te dice por allá. Pero no sabés bien qué hay allá».
Y después dice lo que sí siente.
«El código que se está abriendo es: “¿Qué mundo le estamos dejando a los hijos de nuestras hijas, de nuestras hijas?” De verdad».
Sabe que la pregunta tiene una parte que es dinero, y no la esquiva. Hay que hablar más de riqueza que pase de generación en generación, dice. Pero la conversación no termina ahí.
«Visionaria nos está pidiendo que seamos el punto de quiebre. En cómo hacemos negocios junto con nuestra vida. En cómo nos permitimos evolucionar y construir riqueza. En cómo ponemos el servicio y el cambiar el mundo al frente de la escena».
No habla solo de madres.
«Seamos madres o no, ese arquetipo lo llevamos todas. La tierra es la madre tierra. Y esto es Aria, y es la maternidad».
Una estatua no le interesa. Le importa qué mundo les deja a las hijas de sus hijas.
Para explicarlo, cuenta algo que le pasó el día anterior. Una colega muy querida tenía a su hija internada. Le dijo que, aun así, iría a Visionaria y que sería lo único para lo que dejaría el hospital.
«Me dijo: “Esto es un rugido. Mi hija está en el hospital, pero esto lo hago por mi hija. Por sus hijas, y por las hijas de sus hijas”. Y yo pensé: “Es eso”».
Para esta portada le preguntamos en qué momento entendió que ya no sostenía Visionaria sola. Jenni buscó ese chat y nos lo mandó. Le había escrito: «¿vendrás el sábado de todos modos?»
«¡SÍ! Mi familia me apoya mucho y mis padres me ayudarán con las chicas. Lloraré mucho, pero sabes que estos días estoy muy reflexiva. Muchísimo. Tengo mucha claridad sobre muchas cosas. Y una de ellas es que no les quiero dejar un mundo de mierda a mis hijas».
Esa colega ni siquiera era colaboradora oficial del evento.
«Ese momento me hizo entender que no era yo sola. Que esto era mucho más grande que yo. Que ya no eran solamente los mensajes de: “Jenni, ¿cómo te puedo ayudar?” Era algo que nos trascendía profundamente, y del que todas se sentían parte».
Jenni reconoce ahí un patrón. «Muchas veces llego a ese llamado por una experiencia personal de sentir que no puedo sola, ya sea de tiempo, de dinero o de lo que fuera. Y eso me termina llevando hacia algo que evidentemente es lo que vengo a traer». Lo llama «liderazgo en red».
XIX. Sostener la flecha
Domingo dieciséis de agosto de 2026. Jenni Guevara aparece en la pantalla recién salida de la piscina, con el pelo mojado.
«Esto lo vamos a usar como material biográfico también, porque estoy cero glam. Estoy en día off».
Es su día favorito de la semana, «por lejos». Entre semana trabaja pocas horas. Los domingos, dice, siente mucho silencio afuera y se sienta a pensar y a escribir.
A la hora y veinte de entrevista, Camila propone una pausa. Jenni va a comer algo y a tirarse otra vez al agua. Vuelve al rato con Aria en brazos. La niña come banana con osobuco; en Sitges solo aceptaba banana, y ahora ha sumado un segundo ingrediente. Se queda un momento, y después quiere irse con su padre.
«¿Quieres ir con papá? Mamá tiene esa llamada».
Jenni se levanta, la lleva, vuelve y retoma donde había quedado.
Del otro lado de la puerta hay alguien. Hoy por ti, mañana por mí.
En la portada de esta edición, Jenni Guevara sostiene una flecha frente al mar. La sostiene, sin disparar todavía.
Esa foto costó dos intentos. La primera sesión se hizo en Sitges, con un vestido violeta, y no funcionó. Jenni buscaba que en la imagen pesara menos la líder que posa y más el arquetipo, y en esas fotos no lo encontraba.
«Yo era una especie de maniquí. No había suficiente simbolismo».
Le compró otro pasaje a Nadia, la fotógrafa. Quedaba un solo día para hacer las fotos y entregarlas a tiempo. Eligió una playa donde vivió dos años, la misma donde se había hecho sus primeras fotos después de parir. Para ella, ahí había empezado la nueva era de su negocio.
Fueron solo Jenni, su hermana y Nadia. El día estaba muy nublado, el agua tibia, y no había nadie en la playa.
El arco lo había comprado por una promesa. Meses antes, en el cierre de Visionaria, quiso terminar su discurso disparando una flecha con un arco de juguete. Cuando quiso tirar, no pudo.
«Les prometo que el año que viene voy a aprender a tirar de verdad».
Se compró un arco de tiro, para zurdos, en Decathlon. En menos de seis meses, el arco de juguete se volvió un arco de verdad, y la flecha, una flecha de verdad.
«La flecha no pesa nada, pero el arco es enorme. Y la cuerda está bastante tensa. Realmente sentís tensar la cuerda».
Es la parte del tiro que nunca sale en las fotos de llegada: la cuerda tensa, el cuerpo haciendo fuerza para no soltar antes de tiempo, el blanco todavía fuera de la vista. En estas fotos, sí. Se le marca el músculo del brazo.
También cambió la ropa. En las fotos del posparto había mucha piel; en estas está el marrón de la tierra, que a ella le trae a Artemisa y a las amazonas, mujeres que cuidan y a la vez abren camino.
«Fue la primera vez que encontré ese punto entre “aquí estoy yo” y “aquí estamos nosotras”. Sentí que me había transformado en un arquetipo para el movimiento. Ni siquiera para mi marca».
Detrás, el mar. El de Santa Teresita, de donde vinieron sus padres con un colchón y un jarrito. El de Costa Rica, donde hizo su primera promesa con otra mujer. Y este, el de su primera foto como madre.
La flecha no pesa nada. Lo que pesa es el arco.
Sostener la flecha es esperar a que el relleno se enfríe antes de cerrar la tapa. Es dejar que otras manos tiren de la misma cuerda. Es elegir el blanco y dejar que otras corrijan la postura.
Y cuando la flecha salga, que salga hacia arriba, hacia un lugar que todavía no se ve, donde haya más vida que la que había antes.
Jenni Guevara
Mentora de Brujas de Negocios
Sobre la Autora:
Mentora de Brujas de Negocios. Pasó de 0 a 500k en dos años y medio y mentorizó a más de cinco mil mujeres de todo el mundo. Fundadora de Visionaria: La Conferencia.
↗ Instagram: @the.academic.witch
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