La Certeza


I. No hay plan B

Una adolescente de dieciséis años recién cumplidos abordó sola un avión para salir de República Dominicana, su país, y no volver. Llevaba los documentos en orden. Un abogado había firmado su libertad falsificando las firmas de sus padres y emancipándola. Vio algo en esa niña que la mayoría de los adultos de su vida se negaba a ver. La vio capaz. La vio decidida. La vio, quizás, tal como es hoy.

Dos semanas antes, en la cocina de su casa, había ocurrido un intercambio breve y frío con su madre. Estaban las dos comiendo, cada una lo suyo. Silencio. Diana la miró.

—Tú sabes que yo me voy a ir y me voy a desaparecer de tu vida, ¿verdad?

La madre no discutió. Le sostuvo la mirada y dijo que sí. Que lo sabía. Que se iba a ir y que no iba a volver a saber de ella.

Esta es la historia de la mujer que cambió el curso del coaching en Latinoamérica. Diana Guevara: la mujer detrás de un negocio que en siete años ha facturado más de veintiocho millones de dólares, sin lanzamientos. La que celebra en público los días de hasta cien mil dólares y guarda, en privado, fotos de un vuelo que le salvó la vida. La que hoy enseña a cientos de mujeres el mismo entrenamiento interno que a ella la sacó de una casa de la que había decidido irse mucho antes de saber cómo.

Toda su vida cabe, de algún modo, en aquella escena de la cocina. La hija que anuncia su partida como quien informa un hecho ya ocurrido. La madre que la confirma sin pelearla. Y una certeza que ya entonces funcionaba en Diana como un motor, y que ella misma resume mejor que nadie:

—Yo decido eso y no veo una opción B o C. Porque la A es la A, y la A yo la voy a hacer funcionar.

II. La mujer del traje de seda

La primera conversación para este perfil la toma desde su auto, estacionada, entre dos compromisos de una agenda que administra un negocio de ocho cifras. Lleva un traje de seda café. En algún momento, con total naturalidad, toma su móvil, revisa su agenda y se acomoda el cabello, y sigue hablando de su infancia con la misma serenidad.

Ese contraste es Diana. El contenido de lo que cuenta podría llenar una tragedia; la forma en que lo cuenta es agua quieta. Habla despacio, dulce, con una voz que jamás se apura ni se defiende. Se ríe con una risa melodiosa que le llega a los ojos —se le encienden, literalmente, cada vez que algo la divierte o la conmueve— y hace pausas largas antes de responder, como quien baja a buscar la respuesta a un lugar hondo y regresa con ella intacta.

Cuando le preguntamos qué es lo que siempre quiso que le preguntaran y nadie le pregunta, se toma una de esas pausas. Y responde que la gente, cuando ve sus resultados, se pregunta en silencio quién es Diana más allá de la mentora, más allá de la millonaria, más allá de la mamá. Que muchos se lo preguntan por dentro. Que casi nadie se lo ha preguntado de frente.

Este perfil existe para preguntárselo de frente.

III. Las dos Dianas

Si uno le preguntara a su familia quién es Diana, describirían a alguien que hoy casi nadie reconocería. Una niña caprichosa. Malhablada. Peleona. Siempre a la defensiva, siempre lista para atacar a quien intentara decirle cómo hacer las cosas. Un carácter, en sus palabras, más agresivo que fuerte.

Quien la conoce ahora ve otra cosa. Sus clientas la describen como una persona serena, imposible de sacar de quicio, capaz de sostener la calma mientras el resto se altera.

—La gente me describe como una persona superneutral —dice—. Como alguien que no se enoja. Como alguien que, no importa lo que esté pasando, siempre está tranquila.

Las dos descripciones son ciertas. Entre una y otra hay una historia que Diana pocas veces ha contado de frente, y una transformación que constituye, quizás, su verdadera obra maestra anterior a cualquier cifra.

De niña y de adolescente vivió en modo supervivencia. La expresión es suya y la repite a lo largo de la conversación porque no encuentra una más exacta. Era —nos cuenta— el estado en el que funcionaban su sistema nervioso, su mente, su forma de hacer cualquier cosa. Diana fue abusada, de niña, por su madre y por su hermano mayor. Lo dice con la misma calma con la que hoy dice todo, y esa calma cuesta más de sostener que cualquier grito.

La agresividad, entonces, era arquitectura. Era el modo en que una niña se mantenía a salvo. La lógica, vista desde afuera, tiene una precisión escalofriante:

—Si tú eres agresivo conmigo y me abusas de alguna forma, tú no puedes esperar que yo voy a ser domable. Que voy a ser quien puedes manipular, quien puedes amenazar, quien puedes herir.

Diana entendió muy pronto que un carácter difícil era una forma de blindaje, y se blindó. Lo que su familia leyó como un defecto de fábrica era, en realidad, la primera estrategia de una gran estratega.

IV. El animal

Sus amigos, sin embargo, veían a una tercera Diana, distinta de la de la familia. Sus amigos nunca supieron lo que pasaba en su casa —casi nadie lo supo—, y lo que veían en ella era otra cosa.

Hay una escena de esos años que recuerda perfectamente. Estaba en el colegio con una de sus primas. Al papá de la prima le había pasado algo que salió en las noticias, y en la escuela la niña cargaba con la burla de todos. Diana entró un día al aula y encontró a una compañera riéndose de ella, diciéndole cosas. No lo pensó.

—Acabé con ella —dice, y suelta una carcajada que le hace resplandecer los ojos—. O sea, fue como: permiso, pero no.

La risa dura lo que dura, y después la voz vuelve a su cauce sereno para decir:

—Ver que alguien fuera abusado era mi trigger, y creo que hasta el día de hoy lo es. Yo tengo esa naturaleza protectora. Yo no puedo ver ningún tipo de abuso, verbal, físico. Eso inmediatamente saca el animal de mí. De verdad.

La misma niña que en su casa era pura defensa, afuera era pura guardia. Cuidaba lo que a ella nadie le cuidó. El animal —así lo llama, sin dramatismo, casi con cariño— nunca se fue. Con los años, Diana aprendió a decidir cuándo abrirle la puerta.

V. La voz

En medio de todo aquello, Diana tenía una voz.

No sabe todavía cómo nombrarla. A veces la llama su relación con Dios; a veces, una conexión con algo interno que se sentía sólido cuando nada más lo era. No era religión, aclara. No era nada específico. Era la certeza persistente de que alguien estaba viendo lo que le pasaba.

—Dentro de mí siempre había como una voz que decía: todo esto que está pasando, alguien lo está viendo. Y alguien va a hacer justicia por esto. Tarde o temprano te lo voy a compensar. Tarde o temprano va a haber justicia.

Puede que fuera el instinto de supervivencia disfrazado de fe. Puede que fuera fe de verdad. Diana no necesita resolverlo; le basta con haberla escuchado. Se reconoce justiciera de nacimiento —Libra con ascendente en Libra, apunta, medio en broma, medio en serio— y describe su vínculo con lo que llama el universo como algo íntimo y propio, difícil de traducir.

—Yo tengo una conexión con el universo que es muy mía —dice—. El universo, Dios, el creador, es exactamente lo mismo para mí.

Y a esa cosa sin nombre fijo, de rodillas en su habitación, le rezaba por algo muy específico.


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Diana guevarra

Mentora de negocios

Sobre la Autora:

Mentora de negocios de siete cifras. Pasó de facturar $0 a $28 millones en siete años y acompaña a mujeres empresarias a construir estructuras de negocio sostenibles para generar riqueza a gran escala.

↗ Instagram: @dianaleidin.g

 

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