LA PARED ERA ROJA
Invertir no es una estrategia más. Es el lugar donde una mujer deja de necesitar que la validen.
En algún lugar del mundo una mujer está lavando la ropa. Su cuenta de inversión acaba de superar los ciento veinte mil dólares. No está haciendo nada para que eso ocurra. Está doblando toallas. Jaeljattin Delcourt relata esta escena y con ella revela que existe una manera de generar riqueza que no exige sudor, ni horario, ni siquiera estar presente. Y la mayoría de las mujeres que se llaman a sí mismas empoderadas todavía no la están eligiendo a pesar de todo el trabajo de mentalidad que han hecho, porque siguen creyendo que la riqueza requiere trabajo duro y constante.
I. La mentira de la vieja economía
Tener un negocio a fuerza de sacrificios y hacer plata es lo tradicional, lo que nos enseñaron, lo que se espera. Desde esa lógica, recibir dinero sin esfuerzo parece incorrecto.
JAELJATTIN: Eso viene muy de la old money economy, y estamos en una nueva economía.
Lo verdaderamente disruptivo en dos mil veintiséis es entender que la inversión no es un pilar más entre otros. Es el eje transversal que los atraviesa todos.
JAELJATTIN: Tú puedes ser empresaria, puedes ser ama de casa, puedes no haber ido a la universidad, puedes ser asalariada. No importa. Todo el mundo puede invertir.
La Bolsa de Valores se creó en mil setecientos noventa y dos, lleva más de dos siglos funcionando y, aun así, sigue siendo un mundo que muchas personas —especialmente las mujeres— sienten ajeno. Jaeljattin lo plantea como una incoherencia que le resulta casi cómica.
JAELJATTIN: Es ilógico que una mujer sepa maquillarse, caminar en tacones o sostener una empresa, pero no sepa invertir. Para mí no tiene sentido. No me entra en la cabeza, no lo veo.
II. El día en que el dinero desapareció
En dos mil diecisiete Jaeljattin y su esposo —francés— vivían en Panamá cuando un episodio inesperado cambió para siempre su relación con el dinero. Él trabajaba en una organización cuyos fondos quedaron congelados cuando el banco entró en la lista Clinton, ese registro que puede paralizar cuentas de un día para otro. No fue un caso aislado: todas las personas que tenían dinero en ese banco perdieron el acceso a sus fondos y algunas atravesaron situaciones difíciles. Jaeljattin y su esposo lograron sostenerse porque tenían otros recursos y ella trabajaba. Pero la confianza en el sistema financiero ya se había roto. A partir de ese momento, Jaeljattin empezó a mirar el dinero de otra manera.
JAELJATTIN: Cuando vives eso de que te congelan literalmente, tú empiezas a ver la vida diferente.
En dos mil veinte, con la pandemia, volvió un miedo conocido: que las cuentas bancarias se congelaran otra vez. Jaeljattin y su esposo empezaron a guardar sus ahorros en una caja fuerte dentro de su casa. Hasta que, durante una conversación con unos amigos de él, alguien hizo una pregunta que cambió el rumbo de esa historia: "¿Por qué tienen la plata ahí? ¿Por qué no la invierten?".
Decidieron invertir en mayo, en plena recesión. Para agosto, esos diez mil dólares se habían convertido en sesenta mil. Jaeljattin no entendía cómo era posible. Todavía no sabía que había comprado activos a precios históricamente bajos, en el punto más profundo de la caída. Lo único que sabía era que algo no cerraba con todo lo que le habían enseñado sobre el dinero.
III. La arrogancia de los títulos
Lo que vino después fue una herida al ego, y Jaeljattin la cuenta sin maquillarla. Había estudiado en Kansas State, tenía un certificado de Harvard, acababa de salir de un cargo como asesora de un viceministro en Panamá. Tomaba el teléfono y le contestaban ministros de Estado. Y no entendía nada de inversiones.
JAELJATTIN: No aceptaba que yo, siendo tan titulada, tan estudiada, no entendía nada.
Un familiar vinculado a los mercados financieros se lo dijo en la cara: "son unos brutos, tanto título por gusto". Jaeljattinagarró ese golpe y se fue a la biblioteca de Dijon, en Francia, donde vivía. Empezó a estudiar de verdad. Y ahí encontró lo que llama, todavía hoy, una revelación: que la riqueza estaba en la bolsa. Que las personas más ricas del mundo tenían sus empresas ahí. Que ella simplemente nunca había prestado atención.
Cuando empezó a compartirlo en stories — “estoy aprendiendo de gráficas, estoy aprendiendo de esto”— sus amigas se interesaron. No porque entendieran la bolsa ni las inversiones, sino porque confiaban en ella. Fue entonces cuando comprendió que la credibilidad vale más que cualquier estrategia de ventas. Nadie se acercó por un discurso perfectamente armado, sino porque había visto su curiosidad, su constancia y su transformación en tiempo real. Lo que empezó como una conversación entre amigas terminó convirtiéndose en una empresa.
IV. Mujeres de acero
CAMILA FRAN: ¿Qué le pasa a una mujer cuando empieza a integrar esto?
JAELJATTIN: Seguridad. Seguridad. Seguridad.
Las llama mujeres de acero. Y describe el cambio con una claridad que desarma: cuando una mujer aprende a invertir, lo que pensaban de ella deja de importarle.
JAELJATTIN: Si a mí me va mal en el negocio, cool, chao.
Esa falta de presión, paradójicamente, es lo que hace que al negocio le vaya bien. Porque ya no carga con el peso de que todo dependa de que esa única cosa funcione.
JAELJATTIN: ¿No me quieres comprar? Perfecto. Yo tengo mis inversiones, yo voy a hacer mi plata, y tú te jodes en el país que estás. Chao.
La frase es brutal y ella lo sabe. Es exactamente esa libertad —la de poder perder un cliente sin que tiemble el piso— la que la vuelve magnética.
JAELJATTIN: Hay una clienta a la que le ofrecieron un mutuo acuerdo, ese arreglo en que no te despiden del todo para no pagarte la liquidación completa. Con su cuenta de más de trescientos mil dólares, decidió tomar el dinero y viajar por el mundo. Lleva más de un año y medio haciéndolo. Tiene cuarenta años.
Otras, divorciadas, encuentran mejores parejas. Casi todas empiezan a vivir desde un lugar distinto. Le quitan poder a la validación externa porque saben algo que el resto no. Es como el secreto de una secta. Yo sé algo que ustedes no saben.
V. La pared roja
Aquí está el giro que hace de Jaeljattin una voz inesperada para una revista que habla de energía y consciencia. A Jaeljattin la ven y le dicen que tiene mucha energía masculina. Ella se ríe. Para ella es exactamente al revés.
JAELJATTIN: No hay nada más cierto que energía femenina que recibir sin hacer nada.
No necesita —dice, con su irreverencia intacta— bailar semidesnuda ni armarse un altar para conectar con lo femenino. No necesita el ritual. Necesita invertir bien, relajar el sistema nervioso, y entender que el dinero va a llegar.
JAELJATTIN: ¿Qué más energéticamente femenino que eso?
Y sin embargo reconoce que ese recibir es justamente lo más difícil. Sus clientas no entran en pánico cuando la cuenta baja —para eso las prepararon, saben esperar. Entran en pánico cuando la cuenta sube. Cuando el dinero llega sin el esfuerzo, el sudor, la lucha que toda la vida les dijeron que era el precio.
JAELJATTIN: El mensaje no es pánico hacia abajo. El mensaje es pánico hacia arriba.
Porque integrar esto, dice, es una confrontación emocional y psicológica brutal. Es desmontar las creencias con las que una se rigió durante treinta, cuarenta, cincuenta años.
JAELJATTIN: Es como que yo te diga que la pared que está atrás es roja. Tú me decías blanca, y yo te digo roja.
La pared siempre fue roja. Solo que nadie estaba mirando.
VI. Cambiar el ADN
Para Jaeljattin, el final de esta conversación no es el dinero. El dinero es el subproducto. Lo que la mueve es otra cosa, y la nombra con una convicción que no admite ironía aunque venga envuelta en humor.
JAELJATTIN: Nosotras no estamos creando un imperio. Estamos cambiando la sociedad.
Su llamado es a las madres. Un niño recién nacido, cincuenta dólares al mes, veinte años de interés compuesto: medio millón de dólares cuando ese niño sea adulto. No una herencia de traumas, ni de deudas, ni de la historia del sacrificio. Una herencia de riqueza real.
JAELJATTIN: En vez de matarte en la decoración del cuarto cuando el bebé nace, agarras cincuenta dólares al mes y los inviertes.
Lo dice con la impaciencia de quien no entiende la resistencia: una sola salida con un hijo cuesta más que eso.
JAELJATTIN: Cincuenta pinches dólares mensuales. Eso no es nada.
No es un tema de recursos. Es un tema de a qué le prestas atención.
Hay algo más que Jaeljattin defiende con pasión: que la bolsa es meritocrática. No le importa si quien invierte es senador o maestra. En la bolsa hacer llamadas no funciona. Eres tú y tu capital.
Para una mujer formada en sociedades donde todo dependía de a quién conoces y qué heredas, esa es una forma de justicia. Quizás la primera que le tocó ver de cerca.
La misión de Mercados Americanos Group, la empresa que fundó Jaeljattin, va mucho más allá de enseñar a invertir en la bolsa. Su objetivo es transformar la relación de la mujer hispana con el dinero para que invierta con criterio propio, haga de la inversión un hábito de vida y esa decisión sea la puerta para un futuro distinto de las generaciones que vienen detrás.
Una frase que le regalaron unas clientas salvadoreñas la acompaña:
JAELJATTIN: Cuando trabajas con una mujer, cambias generaciones.
El dinero, después de todo, nunca fue el tema. Lo que Jaeljattin busca transformar es el destino de las que vienen.
Jaeljattin de Delcourt
Fundadora de Mercados Americanos Group
Sobre la Autora:
Fundadora de Mercados Americanos Group, empresa de educación financiera especializada en inversión bursátil para la comunidad hispana, con foco en la mujer latina. Acompaña a miles de personas a construir patrimonio a través de la inversión y la educación financiera.
↗ Instagram: @jaeljattin
Wild Goddess Magazine — Edición 02: La Nueva Millonaria Latina
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