LIDERAR Y ESCALAR SIN PERDER EL FUEGO
La mujer que lidera sostiene el fuego sin quemarse
Una leyenda wichi sobre el origen del fuego cuenta la historia de un hornero trabajador al que le gustaba mucho reírse. Los demás animales evitaban invitarlo a sus reuniones por miedo a que se burlara de ellos. Un día lo dejaron acompañarlos a la casa de Itoj Pajla, la única criatura que podía tener y dominar el fuego, pero con una condición: que no riera.
Mientras Itoj Pajla calentaba las ollas sobre sus propias piernas, el hornero observó que todo su cuerpo estaba cubierto de fuego. Cuando vio que incluso sus testículos ardían en llamas, no pudo contener la carcajada.
—¿Quién se ríe de mí? —preguntó Itoj Pajla.
Y entonces sentenció:
—Ahora se va a quemar todo el mundo.
El fuego se propagó por todas partes y los animales huyeron hacia el mar para salvarse. El hornero fue el responsable del incendio, pero la leyenda dice que todavía hoy sigue riéndose. Gracias a aquel episodio, el fuego quedó escondido en los árboles y los seres humanos pudieron obtenerlo. Como concluye el relato: "Si el hornero no se hubiera reído, no tendríamos fuego".
Toda la leyenda trabaja hacia esa última línea. El fuego que una sola criatura guardaba para sí terminó al alcance de cualquiera que supiera buscarlo entre los árboles. Esta es la historia de una mujer que hizo ese mismo recorrido: aprendió a sostener el fuego, y después se dedicó a ponerlo al alcance de otras.
Kathe Del Pozo creció siendo una niña risueña.
"La Kathe risueña era uno de los temas que más me decían. Sos risueña, reís mucho, bájate de la nube en la cual estás."
Por ello, fue señalada de ingenua, demasiado optimista o incluso poco seria. La risa es un rasgo que pone nerviosos a quienes confunden el liderazgo con la dureza. Pero ser amable y jocosa es la forma de Kathe de habitar el mundo y hacerlo suyo. Mirando hacia atrás, ella le da otro nombre a esa niña que no encajaba:
"Realmente era visionaria. Creía que había una vida que no veía en ningún lado. Porque resulta que no venís a copiar ninguna fórmula, sino a descubrir la tuya propia."
Esa frase atraviesa toda su historia. Kathe se animó, a los veintidós años, a un empleo con responsabilidades pensadas para alguien con más de diez años en el puesto, y resolvió situaciones delicadas con eficacia y una sonrisa. Siempre una sonrisa. Más tarde sostuvo tres trabajos a la vez, poniendo el cuerpo de lunes a lunes sin descanso. El fuego que la movía se convirtió en incendio, y se alimentó de todo hasta casi extinguirla.
Kathe estuvo al borde de la muerte en una cama de hospital en Argentina. Con una computadora apoyada sobre la camilla, grabó tutoriales bajo los efectos de la morfina porque la startup donde trabajaba no sabía funcionar sin ella. Su madre tomó una fotografía de ese momento, como si quisiera dejar registro del punto exacto al que nunca más debía regresar. Entonces dijo una frase breve que cambió todo.
—Ya no más.
Y le quitó la computadora de las manos.
Ese instante dejó a la vista la creencia que había estado funcionando en silencio debajo de todo: que si ella no estaba, nada se sostenía. Que su valor vivía en ser irremplazable. Que soltar era perder algo. Ninguna de esas ideas era suya. Las había heredado, como se heredan casi todas las fórmulas del éxito, sin haberlas elegido nunca.
La mujer que salió de esa clínica dedicó los años siguientes a construir una forma propia de crecer, y después a enseñarla. Hoy dirige una agencia y una mastermind donde acompaña a CEOs y empresarios latinoamericanos a construir empresas disruptivas al servicio del corazón con equipo, estructura e identidad propia. La Nueva Millonaria Latina que Kathe representa construyó su riqueza dos veces: la primera, sola y bajo las reglas de otros; la segunda, acompañada y bajo las suyas.
La leyenda "El origen del fuego" fue adaptada para este artículo a partir de El ciclo de Tokjuaj y otros mitos de los wichis, compilación, prólogo y notas de Buenaventura Terán (Ediciones del Sol, pp. 33-34). La versión recopilada pertenece a la tradición oral wichi y fue narrada por Carlos Ortiz.
I. La que nunca cupo en la fórmula
Kathe estudió Administración de Empresas. Eligió esa carrera porque soñaba con tener un negocio propio. Como era una estudiante sobresaliente, trabajó en la universidad y luego recibió ofertas laborales acordes con su perfil, como pasantías en bancos o empresas petroleras. Las rechazó todas. La idea de pasar ocho horas con un traje puesto no encontraba lugar en su cuerpo ni en su alma.
El mundo corporativo llegó a sus veintidós años por una puerta que nadie de su entorno habría empujado. Una empresa mexicana buscaba a alguien de Bolivia para auditar franquicias a nivel global; el perfil pedía más de treinta y cinco años de edad. Su hermano pensó en ella. Kathe aceptó sin detenerse demasiado a preguntarse si cumplía con lo esperado.
"Siempre rompí las normas. Nunca hubo un 'uy, no voy a poder'. Era como: ¿y si lo hago? ¿Y si me dicen que no? No pasa nada."
Llegó a ese trabajo con una impronta muy difícil de enseñar: una energía y un entusiasmo que parecían no agotarse nunca. Auditora internacional, responsable de sucursales en tres países, viajando sin parar, sosteniendo cada proceso con una mezcla de calidez y precisión que dejaba a sus jefes sin palabras. Cerraba sucursales deficitarias sin que nadie se sintiera atacado. Balanceaba su vida social en yates en Punta del Este y las grandes responsabilidades de su trabajo.
Su predisposición a resolver las adversidades con una sonrisa nunca fue una pose. Todavía hoy es su verdad y su sello.
Escaló rápido. Tan rápido que los dueños de la empresa, empresarios mexicanos multimillonarios, viajaron a Bolivia y le hicieron saber que la veían como su mano derecha. Un camino de oro, trazado hasta el final. Kathe escuchó la oferta y sintió otra cosa.
"Como que mi vida se traducía a un solo camino. Como si fuera una jaula. Como si ya supiera el desencadenante de mi vida: bueno, después gerente, y después esto, y después lo otro."
Dijo que no. Dejó un lugar donde todo funcionaba, en una época en que su único referente de éxito era un tío empresario reconocido en Bolivia, un hombre que había construido desde el sacrificio y desde un solo camino. No existían todavía las redes que hoy permiten encontrar a alguien haciéndolo distinto en algún lugar del mundo.
"Hoy tu ego quiere entender que hay alguien que lo hace diferente, y lo vas a encontrar. En ese entonces no había."
Lo que Kathe no había incorporado todavía era poder decir que no a las jaulas ajenas. No alcanza si sigues creyendo que debes sostenerlo todo sola. Esa creencia no viene con nombre ni con contrato. Viene disfrazada de virtud. La mujer que puede con todo termina siendo la mujer de quien todo depende. Y cuando un negocio depende entero de una sola persona, deja de ser un negocio: es una persona disfrazada de negocio.
Kathe tardó años en verlo, por exceso de capacidad y no por falta de lucidez. Cuando puedes con todo, tardas mucho en preguntarte si deberías.
Lo lógico, en su contexto, lo que habría hecho cualquier otra persona en su lugar, era postular a una beca y cursar una maestría. Pero su sueño era viajar por el mundo y conocer otras culturas. Así fue como voló sola a México para capacitarse durante un mes. Una joven boliviana de poco más de veinte años que representaba a una empresa internacional era una excepción: ese tipo de oportunidades no formaban parte del horizonte imaginable para la mayoría de las personas de su entorno.
II. Lo que el cuerpo supo primero
En 2017 se mudó a Argentina y su vida cambió por completo. Comenzó a trabajar a tiempo completo en una startup, un esquema muy distinto al de las auditorías de franquicias, donde disfrutaba de la autonomía de trabajar por objetivos. Al mismo tiempo, transitaba los últimos meses de su contrato como auditora y sostenía un exitoso showroom de ropa online con una cartera de clientas consolidada en Bolivia.
El ardor empezó en la boca del estómago. Primero iba y venía; con el tiempo se quedó. Tres meses de médicos en Argentina y Bolivia, estudios de todo tipo, respuestas que no explicaban nada. Los análisis insistían en que no tenía nada. El cuerpo insistía en lo contrario.
Lo que ningún estudio podía mostrar, y que Kathe entendería después, es que el cuerpo no guardaba solamente el cansancio de hacer demasiado. Guardaba lo que no se había podido decir. El precio que no negoció. El equipo que no pidió. El valor que no se animó a nombrar.
"No podía decirle a mi jefe: esto es el precio de mi posición, y necesito este equipo de trabajo. Y todo eso me lo guardaba."
El cuerpo guarda lo que la voz calla. Y siempre, tarde o temprano, encuentra la forma de cobrarlo.
En Uruguay, en pleno viaje de trabajo, el dolor fue tan fuerte que casi se desmayó en la calle. Estaba sola. Su madre la sostuvo por teléfono desde la distancia, hablándole mientras coordinaba una ambulancia. De vuelta en Argentina, morfina intravenosa en salas de urgencia. Hasta que un especialista vio lo que nadie había visto: un quiste escondido en la punta del páncreas que llevaba meses colapsando, en silencio, todo su sistema digestivo. Diecisiete días internada. Una operación de urgencia.
En algún momento de esos días críticos, el personal de la clínica olvidó administrarle una dosis de morfina. El dolor que vino después fue tan grande que Kathe sintió que se moría. Y ahí, entre el trance y el miedo, ocurrió algo que no figuraba en ningún protocolo de recuperación.
Kathe describe ese momento de profundo dolor como una conexión con una dimensión de la vida que hasta entonces había permanecido en segundo plano: una unión con su propio espíritu, con su propia religiosidad. Con algo más grande que ella. Y confió. No sé si sonreía, pero es difícil imaginarla sin sonreír.
"Sentí literal como vino Jesús y Dios y me bañó y me sacó el dolor."
Su despertar espiritual llegó en una cama de hospital, sin morfina, cuando no quedaba nada más a lo que aferrarse que algo más grande que ella.
"Por primera vez entendí que mi cuerpo no era una máquina para producir, resolver y rendir. Era el lugar donde transcurría mi vida."
Se hizo una promesa: jamás volvería a llegar a ese límite. Lo que todavía no sabía es que esa promesa iba a convertirse, años más tarde, en el método con el que trabaja.
III. La fragua
Kathe, años después, encontró fotografías previas a la internación. Dice que no reconoce la mirada de la mujer que aparece en ellas. Ve unos ojos perdidos, una presencia agotada, alguien que seguía avanzando sin estar realmente allí. Incluso recuerda haber tenido una compañera de departamento cuyo rostro ya no puede reconstruir en la memoria. Hay olvidos que ningún cansancio explica. El cuerpo todavía seguía funcionando. Era la vida la que empezaba a ausentarse.
La recuperación de la operación que le salvó la vida duró un año. Sin una gota de alcohol. Siguiendo cada indicación al pie de la letra. Volviendo a aprender a comer desde el principio: agua, después sopas, después purés, como un cuerpo que empieza de nuevo.
Pero el cambio más hondo ocurrió en su manera de entender qué es un negocio.
El hospital no le enseñó quién era. Le mostró con brutal claridad que había dejado de escucharse. Porque incluso en los años de mayor exigencia seguía existiendo aquella mujer que intuía otros modos de construir, de liderar y de vivir. Su esencia estuvo siempre ahí; lo que había perdido era el espacio para dejarla decidir.
El agotamiento no venía solo de la cantidad de trabajo. Venía de una creencia que había estado operando callada durante años: que primero tenía que demostrar. Hacer más. Resolver más. Cargar con más. Y recién entonces, quizás, podría pedir, cobrar, soltar.
Esa lógica de demostrar para merecer, de cargar para ser elegida, es una de las trampas más comunes y menos nombradas en el camino de las mujeres que construyen negocios de alto nivel. No aparece en ningún MBA. No aparece en los podcasts de productividad. Aparece en los cuerpos.
Al salir de la clínica, Kathe no inventó una nueva forma de construir. Empezó a darse permiso para hacerlo como siempre lo había sentido. A su manera. Con la disciplina de quien entendió que el proceso pesa tanto como el resultado. Con conversaciones que antes callaba. Con límites que antes postergaba. Con estructuras capaces de sostener el crecimiento sin sacrificar la vida que quería vivir.
En ese entonces no podía ponerle palabras a su proceso. Hoy las tiene. Como toda mujer sabia, se estudió a sí misma para no volver nunca al límite donde había puesto en riesgo su vida. En esa búsqueda encontró herramientas que le permitieron nombrar intuiciones que la habían acompañado desde siempre.
Estudió Diseño Humano y comprendió que aquello que durante años había intentado corregir era, en realidad, su mayor fortaleza. Entendió que es proyectora según su Diseño Humano y que nació para ser un faro. Aprendió que puede expandirse sin consumirse. Nunca estuvo aprendiendo a convertirse en otra mujer; estaba entendiendo cómo sostener, con conciencia, a la mujer que siempre había sido.
El fuego nunca dejó de ser suyo. Cambió de temperatura. Dejó de arder hacia adentro, consumiendo a quien lo cargaba, y empezó a arder hacia afuera, iluminando el camino de otras. Esa transformación empezó en la clínica y tomó años de trabajo deliberado.
En 2022 creó Libera tu Esencia, un proyecto que nacía de la misma pregunta que atravesaba su propia vida: ¿cómo crear un negocio, dinero y una vida sin dejar de ser una misma? Tres años más tarde en esa búsqueda encontró una casa más grande. Libera tu Esencia evolucionó hacia Kathe Del Pozo, una marca que reúne hoy su agencia Pulse y Own It, la mastermind desde la que acompaña a CEOs y empresarios latinoamericanos que también quieren construir empresas disruptivas sin seguir sosteniendo solas toda la operación y lidernado con una misión al servicio del corazón.
Hay algo profundamente coherente en ese recorrido. La mujer que un día olvidó que era humana terminó dedicando su trabajo a recordarles a otras personas que también lo son. Porque detrás de cada empresa hay una historia. Detrás de cada marca hay una persona. Y detrás de cada logro hay un cuerpo, una vida y un fuego que necesita ser cuidado.
IV. Construir con otras, en su “own way”
No es lo mismo delegar tareas que construir equipo. Delegar es repartir lo que ya existe. Construir equipo es diseñar algo donde otras personas puedan hacer lo que tú harías, y hacerlo bien, sin que tengas que estar mirando por encima del hombro todo.
Cuando, dos años después, una mentora le dijo que ya estaba lista para fundar su agencia, lo primero que respondió en Kathe fue el cuerpo.
"Mi cuerpo recordaba todo lo que había sucedido."
Su primera reacción fue aceleración, nervios. Pero la certeza del llamado estaba ahí. Se tomó el tiempo de trabajar con su cuerpo hasta poder decirle algo preciso:
"Esta vez lo vas a hacer diferente. Esta vez es seguro. Esta vez sos vos la que va a elegir las reglas, y el ritmo, y el cuándo, y el cómo. Y no lo vas a hacer sola."
Las reglas, el ritmo, el cuándo y el cómo. Ahí está el permiso completo, y ahí está también la razón por la que su empresa se parece tan poco a las demás.
Kathe tampoco fundó la agencia como manda el manual. En lugar de abrirla y montar toda la estructura desde el primer día, probó con una primera clienta, validó su forma de trabajar y dejó que el proyecto creciera con los resultados. Es un método que aprendió en el mundo de las startups y que defiende con convicción: iterar antes de estandarizar.
"¿Cómo vas a crear procesos o automatizar algo si no lo has validado? Anda a probar, iteralo. Y de ahí decides qué se queda y qué no se queda."
Y cuando decidió crecer, también lo hizo a su manera. Antes que buscar currículums perfectos, volvió a confiar en uno de sus dones más antiguos: reconocer el potencial de las personas antes de que ellas mismas pudieran verlo.
Contrató primero a su hermana, nutricionista, porque vio en ella lo que siempre supo ver en los demás. Juntas llevaron adelante su primer gran proyecto dentro de Libera tu Esencia junto a Luz Victoria, una mujer espiritual, coach de vida y una de las personas que la acompañó en su proceso evolutivo. Luz Victoria vivía en la montaña boliviana y, juntas, desarrollaron un proyecto que la llevó a organizar retiros para mujeres extranjeras. Más tarde sumó a su segunda hermana, experta en lo digital. Cuando llegó un proyecto trescientos sesenta completo, contrató a su directora creativa: ahí, oficialmente, nació la agencia. Pero el código ya estaba activo dos años antes, el mismo de siempre: ver el don, ver el potencial, encontrar la persona exacta para cada cliente.
Kathe armó sistemas: todo documentado, todo escrito, para que el conocimiento dejara de vivir solo en su cabeza y empezara a vivir en la estructura.
"¿Qué pasó con la Kathe que estaba en la computadora bajando todo lo que tenía en la cabeza para que la empresa funcionara? No había sistemas."
Ahora los hay. Kathe se ríe de que no es ordenada; se ocupa de rodearse de personas que sí lo son.
Con la misma honestidad desarma la fantasía que circula en la industria sobre delegar:
"A veces uno romantiza el voy a estar en mi zona de genio y todo lo voy a delegar” Hay una parte, sobre todo en tus primeros años, en la que se requiere que vos estés cuidando a tu creación. La gran diferencia es: mientras la cuidas, ¿cómo capacitás a un equipo de primera?"
Y hay un movimiento más, del que habla con la impaciencia de quien ya lo resolvió y observa a la industria quedarse atrás. Cuando necesitó capacidad audiovisual de alto nivel, no salió a formar a un filmmaker desde cero.
"Eso es del viejo paradigma. El nuevo paradigma es partnerships, colaboración."
Detrás de esa frase hay un código económico que Kathe nombra sin rodeos y que atraviesa esta edición completa. Las mujeres latinas ya normalizaron invertir mil o dos mil dólares mensuales en mentorías y trabajo estratégico. Invertir en equipo todavía incomoda.
"Hay visiones que te eligen y que requieren equipo de trabajo. Y ahí todavía hay un nivel de no naturalidad, de incomodidad en el cuerpo."
Hoy Kathe manda audios desde la piscina. Algunos días se levanta y sale al balcón o al jardín a gritar, a saltar, a bailar. Después desayuna al sol y empieza sus reuniones. Camina, trota, se sienta al sol, y mientras tanto le baja la información: ideas, estrategias, decisiones. Su equipo ya sabe recibir esos audios, traducirlos, hacer algo con ellos sin que ella tenga que estar en cada paso. Hay días de mentoría uno a uno, días de mastermind, días con su sobrino, cenas con amigas, masajes.
"Tengo un sistema y un equipo que sabe cómo yo me muevo y que me sostiene. Eso hace que yo pueda estar en cualquiera de los roles sin sentir que es demasiado."
La misma mujer que grababa tutoriales con morfina para que nada se detuviera tiene hoy un equipo que se mueve, justamente, cuando ella descansa.
Eso fue lo que construyó distinto: una forma de liderar que no le cobra el cuerpo.
V. Pasar el fuego
El código de riqueza habla sobre construir algo que sigue vivo cuando la CEO descansa.
El fuego es una fuerza viva que crea y destruye en un mismo movimiento, un eterno retorno. El de Kathe también cambió de naturaleza sin dejar de ser el mismo. Dejó de alimentarse de demostrar, de crecer cuanto más carga y más resuelve y más sostiene sola. Ese fuego consume, y ella tiene las cicatrices para probarlo.
En Kathe vive la niña risueña que nunca encajó en las fórmulas ajenas. La joven que dijo que no a una jaula de oro. La mujer que atravesó una fragua y salió sabiendo exactamente qué temperatura resiste.
Hoy acompaña a otras líderes a construir empresas para que puedan crecer con estructuras, con equipo, con una identidad que no les exija dejarse atrás, liderando al servicio del corazón, con una misión que honra la historia que las atraviesa. Su trabajo entrega, antes que cualquier metodología, un permiso. El de tomar decisiones locas, disruptivas, suaves o livianas, según lo que cada una sea. El de elegir las reglas, el ritmo, el cuándo y el cómo.
En el mito, el fuego terminó escondido en los árboles para que cualquiera pudiera encontrarlo. Kathe hace algo parecido: sostiene la antorcha como un faro, lo suficientemente alto como para que otras vean por dónde caminar, y después les enseña a encender la suya.
Porque el verdadero lujo aparece cuando el negocio crece a favor de la singularidad de la mujer que lo lidera. Y esa fórmula no se copia de nadie.
El hornero, mientras tanto, sigue riéndose. Y es gracias a esa risa que el fuego existe.
Kathe del Pozo
fundadora de Pulse Agency y de Mastermind para CEOs de la nueva era.
Sobre la Autora:
Es fundadora de Pulse, agencia creativa de branding, dirección y producción cinematográfica para marcas, y de Own It, mastermind para CEOs y empresarios latinoamericanos.
Boliviana, con trayectoria corporativa internacional en startups con crecimientos acelerados. Hoy acompaña a líderes a construir empresas disruptivas al servicio del corazón con equipo, estructura e identidad propia.
↗ Instagram: @kathe.delpozo y @pulseyouragency
Camila González Revoredo para Wild Goddess Magazine — Edición 02: La Nueva Millonaria Latina
Carta de la editora